Silencio…

Silencio…

Siempre miro mis correos a las tres de la tarde, justo cuando empiezan las noticias y acabo

de terminar de comer, antes de fregar los platos sucios y con el sonido de fondo delas desgracias

ajenas, las victorias del fútbol y los últimos “gritos” del arte.

Siempre miro mi correo a las tres de la tarde. Normalmente no son más que mensajes reenviados,

bromas de amigos, propaganda y algo de basura virtual. Por eso me sorprendió tanto cuando vi

aquel día en mi bandeja de entrada un billete de avión a Madrid con mi inicial y apellidos que yo

no había comprado.

Miré la fecha del billete y era la mar de conveniente, era un ida y vuelta para ese fin de semana.

Luego miré el precio, no estaba mal. Y, aunque admito que me tentaba que quedarme con ese

regalo inesperado, llamé a la compañía, la más cutre que surcaba el espacio aéreo, para explicar

lo que me había pasado.

Para variar y como era su reputación, los agentes comerciales de la compañía fueron muy

desagradables. Me dijeron que me lo quedase y que me dejase de tonterías.

Así que ni corta ni perezosa, y viendo que el karma me daba la oportunidad de viajar de

gratis, llamé a mis amigas de Madrid y les informé que, como tantas veces me habían repetido en

el último mes, me tomaba unas mini- vacaciones e iba a visitarles a Madrid.

Lo que no les conté es que el viaje era por cortesía de una tal A. Pérez García.

Sin decirle nada a nadie de mi extraño regalo, hice las maletas y cogí el vuelo… ¡En

primera clase!que me llevaba a la capital.

“No sé quien es la tal A. Pérez García.”-Pensé, sonriendo, mientras miraba las luces de la

gran ciudad mientras la sobrevolábamos- “Pero se lo agradeceré eternamente, necesitaba unas

vacaciones desde hace años.”

Cuando llegué a Barajas, las terminales viejas eran tan caóticas como las recordaba pero

cuan fue mi sorpresa, cuando pasé la aduana había un señor de un hotel, vestido en un uniforme

azul marino y dorado, con un cartelito con mi nombre. Bueno, con el nombre de A. Pérez García.

Tengo que admitir que aunque mi primer impulso fue irme con el Sr. del cartel, estuve

varios minutos pensando en los pros o contras de tomar la reserva de la “otra” A. Pérez García.

Por un lado era una locura, no sabía ni que hotel había reservado esta señora ni si ella ya

había conseguido llegar al hotel. Tal vez había comprado otro billete de avión y venía en el mismo

vuelo, o en el siguiente. A lo mejor venía en tren o autobús.

Autor: MADM

Pero por otro lado, una vocecita en mi interior me aseguraba que eso era altamente

improbable. Al fin y al cabo yo había viajado en su asiento en el avión y el chófer llevaba

esperando un rato y nadie se había acercado aún a él. Además, parecía impaciente y harto de

esperar. Seguro que la habitación del hotel la había reservado pero no estaba pagada, por tanto,

no le estaba robando y si apareciera siempre podría decirle que había habido una confusión con

las reservas en el hotel. Con tan poco margen de tiempo mi opción de alojamiento era el sofá en

el micro- piso compartido de Miriam y sus 5 compañeras de piso. Comprensiblemente, prefería

quedarme en un hotel, aunque me costase más caro. Y seguro que Miriam estaría menos

agobiada. Al fin y al cabo, el vuelo me había salido gratis… me podía permitir un pequeño antojo.

Tras unos minutos de deliberación, durante los cuales los viajeros de todos los destinos

que salían por las puertas de cristal se me quedaban mirando y se preguntaban por que estaba

allí parada, decidí que, ya que había asumido lala identidad de la “otra” A. Pérez García, ¿Por qué

no seguir haciéndolo hasta el final?

Me acerqué al Se. En uniforme que sujetaba el cartelito con “mi nombre”.

“¿Srta. Pérez García?”-Me preguntó en una voz aguda y un tanto desagradable para un un

hombre de semejante envergadura de hombros.

“Buenas tardes.”-Le sonreí e inmediatamente me cogió la mini-maleta donde me había

visto obligada a apachurrar dos días de ropa y cosas de aseo por culpa de las restricciones de

equipaje.

“Si es tan amable de seguirme, por favor.”- Y sin decir media palabra más, el hombre de

metro ochenta de alto me codujo por todos los pasillos de Barajas hasta llegar a la entrada de la

terminal. Allí, hizo una señal con la mano y ante nosotros se paró una elegante limusina negra.

Mientras yo estaba de pie boquiabierta ante el majestuoso automóvil, el señor de uniforme

guardó mi micro-maleta en el maletero y, abriendo la puerta, me invitó a sentarme.

No podía creerme mi suerte, sentada en todo ese lujo. ¡Incluso me habían servido una

copa de champán!

Sin pensar cuanto me iba a costar la broma, cogí la copa y le pegué un buen sorbo al

espumoso.

Sin duda, no me podía creer la suerte tan increíble que había tenido! No podía ser más

feliz de ser A. Pérez García por un día.

***

Cuando me desperté solo había oscuridad. Abrí y cerré los ojos con fuerza para ver si la

negrura en la que estaba sumida era producto de la jaqueca que me martilleaba la sien.

Autor: MADM

Envuelta por la oscuridad, sólo oía el lúgubre silencio. Una frase que se repetía en mi

cabeza dolorida me estaba poniendo más nerviosa por segundo: “¿Dónde estoy?”

Mermada por semejante enigma, intenté llevarme las manos a la cabeza. Fue entonces

cuando me percaté que estaban atadas a mi espalda. Tiré con fuerza, intentando quitarme las

ataduras, el frío metal de las esposas me mordió las muñecas y bebió mi frágil sangre. Las viles

herramientas de tortura estaban atadas a la silla y al mover los pies me di cuenta de la terrible

realidad: mis piernas estaban atadas con correas de cuero a las patas de la silla, por los tobillos y

las rodillas. Estaba completamente indefensa, a merced de mis captores. Ni Houdini podría haber

escapado de semejante encarcelamiento.

El silencio se rasgó por un sonido estridente repentino. Un ruido metálico me hacía

temblar, como si tuviese una sierra mecánica frente a mi cara. Cerré los ojos,un acto reflejo sin

sentido. Si algo me iba a atacar que yo cerrase los ojos no serviría de nada.

Aterrorizada y desconcertada, intenté gritar pidiendo auxilio pero al tratar abrir los labios para

soltar mi grito desesperado sentí que me habían llenado la boca de algodón y me habían sellado

los labios con cinta aislante. Daba igual cuanto gritase, mi garganta taponada no conseguía emitir

ni un sonido audible.

Luché contra la mordaza que me impedía gritar. No conseguía ni mover la lengua. Me

notaba la sangre caliente, mezcladas con mis lágrimas de dolor y desesperación, gotear por la

barbilla al rajarse mis labios por el esfuerzo de intentar despegarlos. De pronto un chirrío que me

arañaba las tripas y golpes secos simultáneos hicieron que mi corazón latiese a mil latidos por

segundo.

¿Qué narices era esa máquina de sonido macabro que estaba tan cerca?

Tras unos segundos de silencio, el ruido infernal volvió a sonar y en un abrir y cerrar de ojos

pareció desaparecer en el silencio que dominaba la negrura.

Temblando, luché una vez más contra mis ataduras. Algo pegó un latigazo contra el lado de la

silla. Me quedé paralizada, el corazón me palpitaba en los oídos y mi vejiga, llena del champán y

de botellas de agua que había tragado por el camino, no pudo contenerse.

Oh Dios mío. No estaba sentada en cualquier silla, estaba sentada sobre un orinal.

Claramente quien me había encerrado en ese zulo no quería correr el riesgo de soltarme en

ningún momento.

Aturdida por ese desconcertante pensamiento, me moví intentando buscar una postura

más cómoda. Una misión imposible, teniendo en cuenta que cada vez que me movía mis ataduras

mordían con más rabia mi carne sangrienta.

Fue al rozar el codo con el respaldar de mi mecanismo de tortura que grité en

desesperación. Noté la fría aguja que alguien me había introducido y como el esparadrapo tiraba

Autor: MADM

de los vellos de mi fina piel. El latigazo no provenía de un ser siniestro oculto en la negrura, no,

era peor, era la herramienta que mi captor había empleado para asegurarse que no tendría que

volver a por mi en mucho tiempo. Inteligente, vil, malvado… temblaba solo de pensar que quería

hacer conmigo. ¿Por qué se había asegurado de que no moriría de falta de higiene ni de hambre?

¿A qué mente enferma se le ocurre enchufarme a un gotero?

El silencio se rasgó por un sonido estridente repentino. Un ruido mecánico me hacía

temblar, como si tuviese una sierra frente a mi cara y tras unos segundos de silencio, el ruido

infernal volvió a sonar y en un abrir y cerrar de ojos pareció desaparecer en el silencio que

dominaba la oscuridad. ¿Qué era ese ruido?

¿Dónde estaba? Y, ¿Por qué?

Mi mente cansaba repasaba cada instante del viaje, intentando recordar la mínima pista

pero nada, no había nada más que una sonrisa feliz ahogada en una copa de champán.

Mientras andaba sumida en mi propia desgracia, una brusca corriente de aire caliente

empujó mi cuerpo frágil. Debía ser algún conducto de ventilación.

Una vez más, el silencio se rasgó por un sonido estridente repentino. Un ruido mecánico y

tras unos segundos de silencio, el ruido infernal volvió a sonar y en un abrir y cerrar de ojos

pareció desaparecer en el silencio que dominaba la oscuridad.

Entonces fue cuando mi mente cansada y aturdida por la oscuridad lo razonó. Estaba en

los túneles de ventilación del metro. Eso era el ruido mecánico, de ahí los golpes bruscos en

intervalos programados. Miles de personas estaban pasando cerca mía, personas que me podían

ayudar y nadie sabía que estaba allí. Nadie venia en mi auxilio. La sangre me chorreaba por la

barbilla mientras intentaba desesperadamente gritar, rezando que alguno de los miles de seres

que pasaban por allí cada día me escuchase y viniese en mi ayuda. Pero solo había un silencio

sepulcral que corrompía, con ayuda de la oscuridad imperturbable, mi cordura.

El asfixiante viento de segunda mano que acariciaba mi cuerpo atado, mis manos

ensangrentadas, mi pelo… ¡Mi pelo! Ni un sólo cabello de mi larga melena se había volado sobre

mi triste rostro. Moví la cabeza con mucho dolor y mi gemido de desesperación fue ahogado por el

asfixiante algodón que me rellenaba toda la boca. ¡Me habían rapado la cabeza! Mi melena, toda,

desaparecida, por eso sentía en cada milímetro de mi piel el amargo aliento del aire expulsado.

La desesperación y la angustia se apoderaron de mi. Las lágrimas rodaban por mis mejillas

y el hedor de mis propios excrementos me provocaba nauseas. ¿Cuanto tiempo había pasado?

¿Por qué nadie había venido a buscarme? ¿Por que no había venido… nadie? Y, lo más

importante, ¿Por qué me habían atado y maltratado antes de abandonarme en esa tiniebla que

me estaba volviendo chiflada?

Negro… oscuridad….opacidad… Negro, no veía más que negro. Mis ojos cansados ni se

Autor: MADM

molestaban en abrirse pues sabían que era una tarea inútil. Mis sentidos paranoicos alertas,

pendientes del más mínimo signo de vida.

Nadie. Nada. Solo silencio y oscuridad.

No sabía si habían pasado horas, días o incluso semanas. Mi cuerpo estaba débil y sucio,

el orinal a punto de rebosar, el gotero se estaba acabando y pronto moriría. Si, alguien había

pensado un buen método de ejecución.

Silencio, solo silencio.

Y entonces un grito, disparos y más gritos. En ese momento acabó la oscuridad.

Autor: MADM

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