Por favor, explícamelo que no lo entiendo… (y otras historias sin sentido.)

 

 

Por favor, explicádmelo que no lo entiendo…

(Y otras historias sin sentido.)

Autora: Marta A Dunphy-Moriel

 

 

Prólogo: Los albores de esta extraña locura

Hace años, una señora un tanto alocada que se hacía llamar Ginebra (si, si, como la mujer del Rey Arturo… o más bien como su trago favorito…) me dijo que tenía un talento especial. Algo sobre no se que, de que Marte se alineó con Júpiter el día que nací y desde entonces y hasta que los jinetes del apocalipsis viniesen con sus temibles guadañas a cosechar las perdidas almas de la tierra mi nombre sería grande. (Por cierto, que me dio un poco de yuyu cuando me enseñó la dichosa cartita de la muerte encapuchada con la guadaña, vaya cosa más tétrica y no veas las pesadillas que he tenido durante años sobre ella desde entonces). Si, si, lo sé, como una cabra estaba la señora. Si no fuese por el hecho de que me lo dijo muy seria en el salón de mi casa y que se trataba de la mejor amiga de mi tía abuela Clotilde, te prometo que me habría reído en su cara y me habría marchado. Pero claro, está feo hacerle eso a una señora de noventa y ocho años, que lleva cartas de tarot y una bola de cristal en su bolso de flores, que no recuerda el día en el que vive y que, para colmo de males, está convencida que es la vidente más poderosa del universo. Pobre.

Sinceramente, no me creí una palabra de lo que dijo (no me digas que tú te lo habrías tragado, porque vamos, hay que estar muy ido para creerse semejante bobada) pero lo cierto y verdad es que desde entonces me han ido pasando las cosas más extrañas que te puedas imaginar. Por eso y, visto que no consigo deducir que está pasando con mi vida, pues te lo cuento para ver si, por favor, tú me lo puedes explicar, porque sinceramente yo no lo entiendo…

¿Por dónde empiezo? Bueno, antes de todo darte las gracias por escucharme, si… ya sé que eres mi loquero y que te pago un pastón cada mes para que aguantes mis tonterías… pero aún así… gracias. No sabes cuánto necesito contar estas cosillas que me traen por la senda de la locura y ver si un ser tan hábil y razonable como eres me puede explicar que son estos extraños sucesos… porque yo no los entiendo, de veras que no…

Tal vez con tu ayuda consiga salir de este estado mental que tanto me replanteo… o tal vez acabes tan loco como tu paciente… ¿Quién sabe? ¡Esto promete ser divertido!

Vale, vale, no me enrollo más, que se que tu tiempo es oro y el mío, bueno, digamos que nunca está bien tirar el tiempo por la borda, siempre te falta cuando más lo necesitas y, por tanto, está feo desperdiciarlo cuando te sobra.

Empecemos pues por el primer día…por aquel soleado día de otoño en el que Clara me prometió que me daría el CD que aún a día de hoy sigo esperando…

Capítulo 1: La llamada.

Primera sesión.

La verdad es que mi amiga clara se quedó flipada cuando le conté lo de Ginebra.

Clara siempre fue el tipo de persona que se tragaba todas esas cosas de los vudús, tarots y predicciones en general. Cuando teníamos diez años, recuerdo que se compró un libro titulado “Magia para novatos “de una autora americana que juraba y perjuraba que con sus hechizos y pócimas la vida sería cuestión de coser y cantar. No veas las de tardes que pasamos cortando manzanas, enterrando papeles y telas y gastando las velas perfumadas que guardaba en el baño de la madre de Clara.

Era pues de esperar que alucinara con lo ocurrido.

“Qué fuerte me parece… Entonces, ¿Eres vidente?”

“¡Déjate de bobadas!”-Reí, encendiéndome un cigarrillo mientras vigilaba que mi madre no fuese a aparecer por la esquina.

“A ver, quien te lo ha dicho sabe de lo que habla, ¿No?”

“Clara, Ginebra está como una cabra… y tú vas por el mismo camino, ¡vaya vieja más rara vas a ser!”

“¿Ginebra? ¿No estarás hablando de Ginebra de Laterza?”

“¡No me puedo creer que sepas quien es esa vieja loca!”- reí, tirando apresuradamente mi cigarrillo al suelo al aparecer a una señora que se parecía peligrosamente a mi madre.

“¡Por supuesto! ¡Pero si leo su columna en “Los secretos del destino” todas las semanas!”- Miré a mi amiga con incredulidad pero ella continuaba como si nada- “Me la tienes que presentar… y ¡Cree que tienes el don!… ¡Me va a dar algo!”

Seriamente doctor, piensa, desde su objetividad y profesionalidad que después de esta conversación viene algo cuerdo. Perdona, ya sé que me pediste que te tuteara… la costumbre, la bata blanca impone mucho, ¿Sabe?

Como le estaba contando. Después de esa conversación mi amiga Clara no pudo volverse más pesada. Me preguntaba preguntas tontas, me intentaba obligar que acertase cosas como loterías, resultados de partidos, etc. A veces acertaba y otras no, pero ella se olvidaba de las segundas y solo repetía una y otra vez que tenía un don.

Pasaron las semanas y los meses, intentaba evitar a la pasada de mi amiga a toda costa. Quería contarle lo que me pasaba a alguien pero claro, no quería arriesgarme a poner otra Clara en mi vida.

Todo transcurrió con cierta normalidad, hasta que una tarde, mientras leía el manuscrito que un amigo me había enviado con toda la ilusión del mundo y que habían pasado meses desde que juré y perjuré leerlo, me recorrió un escalofrío por todo el cuerpo.

Al principio pensé que era la ventana estaba abierta, pero tras comprobar que estaba cerrada a cal y canto no podía adivinar porque me temblaba todo el cuerpo. ¿Tendría fiebre?

Me tapé con varias mantas de lana que mi padre acostumbra guardar junto al sofá pero no se marchaba la horrible sensación de estar en una piscina de agua helada.

Una cosa rarísima… parecía que cada vez hacía más frío en la habitación… además el sol se había escondido repentinamente tras las nubes que llevaban amenazando lluvia todo el día.

El frío, nunca he vuelto a sentir ese frío. Como si cada célula de mi cuerpo hubiese sido congelada con nitrógeno. Tenía los brazos abrazados tan fuerte al cuerpo que casi no podía respirar bajo las mantas de lana. Notaba como se me agarrotaban los dedos de los pies inexorablemente, pues no conseguía moverlos de ningún modo. Intenté gritar pero mi garganta estaba seca del frío y empecé a toser sin control. Entonces, sonó el teléfono.

Sin poder moverme, la llamada saltó al contestador y una voz desolada lloraba repitiendo sin cesar…

¿Ya se ha acabado el tiempo? ¡Qué rápido! ¿Nos vemos la semana que viene a la misma hora? Estupendo. Muchas gracias y hasta la semana que viene.

Segunda sesión.

Buenas tardes doctor, ¿Se puede? Gracias… ¡Qué calor hace aquí dentro! ¿Está la calefacción encendida, no? Gracias….Siento llegar tarde… Como sabe los tumultos de gente nunca fueron mi fuerte y llegar a su consulta requiere paciencia, perseverancia y empujones.

Claro, me siento. ¿Soy yo o está el sillón más duro que de costumbre? Claro, seré yo. Espero que todo le haya ido bien durante la semana ¿A mí? Pues no me quejo, aunque voy a matar a mi compañera, no hace más que coger mis cosas y me saca de quicio… si, ya sé que debo de ser paciente con ella doctor, pero es que el lema de vida de Esmeralda es “Lo mío para mí y lo tuyo también.” La verdad es que esta mujer…

¿Qué si recuerdo lo que le estaba contando la semana pasada? Lo cierto es que… ¿De qué llamada telefónica me habla?… Pues no le sabría decir.

Pero vamos, es habitual en mí, no se extrañe. Nunca fui capaz de recordar ni el número de teléfono de mi casa. Cuando era muy joven mi madre me lo apuntaba en la mano para que no se me olvidase y por si alguna vez me perdía, que era algo bastante común, todo sea dicho, siempre acababa detrás del señor que vendía las palomitas y garrapiñadas. Tanto fue así que mis padres ya ni se asustaban, buscaban al señor del carrillo de las golosinas y allí estaba yo, más feliz que una perdiz, comiendo altramuces y contándole batallitas imaginarias al anciano que vendía chucherías a jóvenes y mayores durante cada uno de los eventos del pueblo. Qué tiempos aquellos…

Perdone, la memoria, que si se cae en nostalgia no se hace más que ver la vida pasar. ¿Qué le estaba contando?

Sigo diciéndole que no recuerdo nada de un teléfono… bueno, excepto aquella vez que Martín me regaló uno por mi cumpleaños. ¡No veas que ilusión me hizo! Aunque paulatinamente se fue convirtiendo en una pesadilla, porque lo había conseguido por un programa de puntos de esos y había contratado un plan donde podía escribirme o llamarme gratis 24h del día… ¡y que si los amortizaba! Me llamaba cada hora, estuviera donde estuviera, en el baño, viendo la tele, durmiendo… y solo para preguntarme:

“Oye,… ¿Y qué estás haciendo?”

Bueno, se imaginará que clases de borderías le solté al pesado ese, barbaridades que no merecen ser repetidas en alto en su consulta… está feo…

Si ya sé que desahogarse es sano, pero créame, no se IMAGINA lo que le solté a ese plasta un día. Lo que pasó fue que no tuvo mejor idea que llamarme a las 5 de la mañana, cuando estaba yo ya en el séptimo sueño. ¡Encima tiene la poca vergüenza de no decir ni hola! Solo respiraba fuerte… imagínese como me puse después de 15 minutos sin ni media palabra y solo escuchándole jadear como un perro… y no veas cómo se puso cuando se enteró de que le había puesto una orden de alejamiento… llegaban ramos de flores a mi casa todas las tardes, sin nota, solo un ramo de rosas blancas con una sola flor roja…

¡Qué gente más extraña hay en este mundo! Y pensar en las ironías de la vida… que años más tarde, ahora, sea mi vecino de enfrente. Pero bueno, han pasado 20 años, ya creo que la neura telefónica psicótica se le ha tenido que pasar, ¿No opina usted doctor?

¿Cómo? ¿Enamorado de mí? ¡No sea ridículo, por favor! Éramos amigos, bueno, hasta que empezó con las llamadas extrañas a las 5 de la mañana, claro está. Si bien es cierto que siempre me invitaba a todo, me acompañaba hasta a la peluquería, le podía contar cualquier cosa que siempre me escuchaba con atención, y, bueno, algunos otros detalles tan agradables que tienen las personas detallistas hacia sus amigos. Nada en especial.

Un poco rarillo sí que ha sido siempre, fíjese que una vez estaba en el cine viendo una peli de Amenábar cuando me sonó el móvil. Vaya situación embarazosa, todos concentrados en la película y de pronto empieza a sonar la “cabalgata de las valquirias” a toda leña… si la gente pudiese matar con la mirada yo habría muerto esa noche lenta y dolorosamente, sobre todo a manos de la pareja de novios que estaban sentados delante nuestra y de quien parecía ser la madre de la chica. La buena señora casualmente se había percatado de la presencia de su hija y su pareja en el cine cuando se dio la vuelta a soltarme alguna barbaridad por lo del móvil y fue entonces que se acercó a la pareja. Mientras yo batallaba tanto con mi móvil como para que los demás espectadores dejasen de asesinarme con la mirada, la madre, escandalizada, estaba susurrándole amenazas a su hija que la joven respondía en susurros suplicantes. Sabes, cuando te suena el móvil en un lugar y momento inoportuno nunca se sabe qué hacer, si disculparse, sonrojarse o actuar como si nada… solo te entra un ataque histérico y sin sentido e intentas apagar el teléfono como sea, pero no lo encuentras y cuando por fin lo tienes no hay manera de silenciarlo. El tono te parece el más desagradable y jaleoso del mundo y piensas “Tierra trágame…”. Aunque cuando por fin consigues silenciar a ese chivato tecnológico te das cuenta de la ironía: cuando estás esperando una llamada o en la ducha, el teléfono suena deliberadamente menos tiempo. Y cuando quieres devolver la llamada te das cuenta que no solo no tienes saldo, sino que además, has gastado todos tus anticipos llamando a “La vidente Ifigenia” con tus amigas aquella noche en la cual decidisteis quedaros en casa a ver una peli y acabasteis más borrachas todavía de lo considerado humanamente posible.

Es un complot mundial para volvernos a todos locos o matarnos de un infarto. En serio doctor, hay unos señores que se sientan en sillones de cuero alrededor de una mesa enorme que planean estos momentos de quebradero de cabeza para controlarnos a todos, como también pactan los precios de las cosas, las crisis mundiales y el desarrollo de la próxima temporada de Gran Hermano.

Y todo este follón y mal rato para que, poco después, te des cuenta que si hubieses estado tranquilo habrías apagado el móvil y tan pancho, sin sufrimientos.

Me he ido por las ramas, ¿Qué le contaba? Ah, el cine. Me encanta el cine, sobre todo el terror… hay quienes dicen que no entienden porque hay personas que pagan por pasar miedo, pero les digo que ya tienen que pasarlo mal en la realidad para no sentir ese subidón de adrenalina que te corre por las venas cuando ves una peli buena.

Ese día yo había ido con Pedro al cine. Si, el escritor. Vaya personaje bueno. Después dice la gente que YO soy friki, no han conocido a mi amigo Pedro. Le gusta más una peli gore que a mi comer frutos secos (En serio, es una OBSESIÓN doctor, ¿No será un trastorno obsesivo compulsivo que está relacionado con el hecho de que mis padres vendieron los árboles frutales del jardín antes de mudarnos al pueblo, no?).

Lo único que no me gusta de las pelis de terror es ir al cine con un amigo a verla. No por nada, sino porque aunque te hayas llevado años dejándola claro que no quiere más que amistad, siempre aprovecha los sustos de la película para sobarte.

Cuando salimos del cine, me percaté del silencio que hay un jueves por la noche. Es impresionante, la vida parece desaparecer de las abarrotadas calles de la ciudad cuando el sol desaparece, como si hubiese caído una bomba atómica y fuésemos los únicos supervivientes del mundo. Bueno, casi los únicos porque en la acera de enfrente había un anciano harapiento acurrucado en la fría y moderna puerta de una caja de ahorros. Ya desde la otra acera, se nos quedó mirando fijamente. Ni parpadeaba, se lo aseguro. Las luces parpadeantes de las endebles farolas de aquella avenida abandonada se reflejaban en los ojos cansados de aquel mendigo.

Pedro y yo seguíamos debatiendo su último ensayo pero por algún motivo que no entendía mi corazón palpitaba a cien kilómetros por hora. ¿Amor? Le aseguro que no y menos mal, ya le contaré lo que ha sido de Pedro… el destino de todos los grandes escritores es acabar como una cabra. ¿No cree usted?

Como le decía, mientras hablábamos Pedro y yo, notaba como el corazón se me aceleraba, me costaba respirar y mi mirada se dirigió, instintivamente, a aquel humilde señor que estaba ya a escasos metros de nosotros.

“¿Dónde está?”- Pude ver su cara plagada de las arrugas que las inclemencias del tiempo y el destino habían cortado sobre su pálido rostro.

“¿Disculpe?”- Pedro intervino, despreciando la mala educación del señor.

“Usted me dijo que la cuidaría, ¿Lo recuerda?”- El anciano le ignoró y me miraba sin parpadear.

“De verdad que no se de que me habla….”

“¡Miente!” – Me gritó enfurecido, cogiéndome del antebrazo con fuerza- “¡Usted dijo que la ayudaría, que la protegería de los enemigos, que la salvaría de los bombardeos!”

“Delira…”- Pedro murmuró, forcejeando con el hombre para librarme de sus garras- “¡Déjela en paz viejo borracho!”

“¿Borracho? ¿Yo?”- Rió a carcajadas- “No sabe lo que dice y no sabe con quién va… ¡Devuélvame a mi hija!”

“Señor de veras que no le puedo ayudar.”-Le imploré.

“Va a ser mejor que nos marchemos.”

“Por favor, se lo suplico.”- No se puede imaginar la pena que me entró al ver a ese hombre postrado ante mis pues.- “Se lo imploro, dígame, ¿Dónde está mi hija?”

“Lo siento…”-Murmuré a la par que era arrastrada por Pedro lejos de aquel extraño.

“Viejo loco.”- Ve, otra situación extraña, ¿Qué se le debería haber dicho a en ese momento? Sólo podía pensar en ese señor y Pedro no lo entendía.

“Me da cosa dejarle solo.”- Notaban como mis pulsaciones aumentaban y la sangre me martilleaba los oídos. Los músculos se me estaban agarrotando y me agarré al brazo de Pedro para no perder el equilibrio. Me miró perplejo y, creyendo que era la preocupación lo que me estaba afectando dijo calmadamente.

“Seguro que estará bien…”

El chirrió de unos neumáticos, el alarido desesperado de un claxon y un golpe rasgado no le permitió terminar su frase…

¡Esa es mi alarma! Sí, me la puse para no enrollarme demasiado, que no me gusta abusar de su paciencia y comprensión… además, así tengo más cosas que contarle en nuestra próxima sesión. Nos vemos la semana que viene a la misma hora, ¿Verdad? Genial. Gracias, nos vemos la semana próxima.

Tercera sesión.

Perdone, siento el retraso… entre una cosa y otra he estado aislada del mundo estos días y no he podido venir antes… muchas gracias por cambiarme la cita, de verdad que no volverá a ocurrir. Prometido.

No se imagina el agobio que he sentido esta semana al saber que no podría venir a verle… pensé incluso que tal vez no quisiera escucharme más y le juro que casi muero de pensar que las frágiles paredes de mi mente pudiesen derrumbarse sin la ayuda de sus sabios consejos. Pero aquí estamos, de veras gracias, no sabe cuánto le agradezco su interminable comprensión.

¿Qué como era el agobio? ¡Vaya pregunta más difícil doctor! Es como si me pide que le explique cómo es el estar enamorado o tener mucha pena… Supongo que sí. Bueno, más bien es como si estuviese en un cubículo, como los de los baños públicos ¿Sabe? Un cubículo estrecho y agobiante donde apenas hay sitio para moverse y sin forma de salir poco a poco se fuese llenando de agua… es lento pero notas como estas perdido a medida que el agua helada va mojando tu ropa y tu cuerpo, como un canto fúnebre que anuncia que si no escapas estás perdido… esa impotencia de saber que no puedes escapar… llamo a la puerta e intento huir pero mis músculos no reaccionan, batallo y batallo y…

¡Uf! Vaya escalofrío que me acaba de recorrer todo el cuerpo. Odio esa sensación doctor, la odio más que nada en este mundo… puedo afrontar la pena, la traición,… pero no puedo con ese agobio que parece condenarme al olvido.

Pues, lo cierto es que hacía tiempo que no lo sentía… lo cierto es que hace años que no tenía tal ataque.

Recuerdo bien la última vez.

Ese año Clara y yo habíamos decido montar un negocio de ceniceros de hojalata. Si, si, como los que venden ahora esos pobres señores sin techo en las calles de las grandes ciudades, pero más monos la verdad. Clara siempre ha sido muy “artística” y hacía unos ceniceros monísimos. Lo mío ha sido más vender. Ya lo decía mi pobre madre, que soy capaz de vender un congelador en el Polo Norte. Total, como le estaba contando, que ese año montamos “Monadas”, nuestra pequeña “empresa” de ceniceros y otras típicas cosas que podíamos hacer por el coste mínimo y vender a precios no muy razonables (marca-páginas, pisapapeles, etc.) Como era de esperar en dos jóvenes, ilusionadas e inexpertas negociantes amateurs a tiempo parcial, nos hizo tanta ilusión que montamos nuestra “Oficina” (En el garaje de casa de clara) de forma exagerada: compramos cientos de lápices, bolígrafos, folios, cogimos todos los móviles de pre-pago “jubilados” de nuestros conocidos e incluso nos compramos en los chinos una de esas campanitas de hotel que salen en las películas. Una solemne tontería, ahora que lo pienso, porque a la “oficina” no venía nadie íbamos nosotras vendiendo nuestra mercancía por la calle en las fiestas del pueblo y a los turistas en verano.

“Oye, una cosa que te quería preguntar.”

“Dime,”- Le respondí a Clara, encendiéndome un cigarro.

“Para fumar vete fuera, que como mi madre lo huela me monta un numerito.”

“Vale, vale…”-Tiré de la cuerda atada al viejo portón del garaje y salí a la calle desierta. – “¿Sales?”

“¿Para qué? Si te veo y te oigo.”- me contestó, cortando con cuidado tiras de cartulina rosa que después transformaría en elegantes marca-páginas.

“Si, pero es raro esto de tener una conversación estando cada uno en un sitio.”

“Vaya bobada la que acabas de decir.”

“Te callas.”- Reí, dándome cuenta de que mi observación no tenía ningún sentido- “A todo esto, ¿Qué querías preguntarme?”

“¿Mmm?”- Clara estaba tan metida en su mundo artístico que había olvidado todo lo que le rodeaba.

“¡Tierra llamando a Clara! Friki, friki. ¿Me oyes?”

“Perdona,”- contestó, volviendo a la realidad- “Si, te quería preguntar si sabías algo de la amiga de tu abuela.”

“¿Cuál de ellas?”

“De la única abuela que tienes.”

“Ya… digo que cual de sus… “encantadoras” amigas hablas.”

“¡Obvio! ¡De Doña Ginebra de Laterza! ¿De quién sino? Es que hace tiempo que no está su programa y no sé si lo ponen ahora en otra cadena o algo.”

“Ah… de la loca vidente… se me había olvidado…”- En ese momento recordé las palabras que esa anciana me había susurrado aquel día y un escalofrío me recorrió todo el cuerpo- “Lo siento Clara, pero la señora ha muerto.”

Se le cayeron al suelo las latas que estaba moviendo con un gran estruendo. Estaba pálida, como si le hubiese dicho que sus padres habían tenido un accidente o algo similar.

“¿Cómo?”

“Murió de vieja, Clara. Normal, si era ya súper mayor la buena señora.”- Se echó a llorar. La miré sin comprender que le ocurría, su reacción no me parecía normal- “Clara tampoco es para ponerse así, a ver, que me da mucha pena que la pobre mujer muriese, pero vamos aparte del hecho de ser una anciana es que tampoco la conocíamos tanto como para que te afecte así la noticia.”- No sé porque no caí hasta ese momento que había algo que Clara no me había contado… pero no era el momento de preguntar.

“¿Sabes lo que esto significa, no?”- Me miró fijamente, limpiándose las lágrimas con las mangas de su jersey.

“¿Cómo? No sé de qué…”- Uno de los numerosos teléfonos que teníamos tirados por el garaje empezó a sonar, lo cogí- “Un momentito… ¿Sí?”- Una voz aguda empezó a llorar por el teléfono, gimoteando palabras sin sentido- “¿Perdone?… Creo que se ha equivocado.”- Colgué el teléfono y lo tiré sobre la mesa, perpleja- “Vaya gente más rara hay suelta…”- Murmuré.

Clara me miraba sin pestañear. Yo no sabía qué hacer, cuando ya por fin iba a decirle que dejara de mirarme así dos teléfonos empezaron a sonar simultáneamente.

“Cógelo, ¿Quieres?”- Le dije mientras buscaba el móvil que tenía como tono la Marcha Turca.

Clara no se inmutó.

“¿Sí?”- otra voz, esta vez muy profunda, gritaba palabras sin sentido- “¡Caballero creo que se ha equivocado!”- Le colgué y al ver que el otro teléfono seguí sonando y que Clara no hacía nada lo cogí, mirando a mi amiga con reproche.

“Dígame.”-La voz de una niña pequeña pedía que la escuchara, pero no dejaba que hablase, solo repetía incesantemente que la escuchase. Desesperada, le colgué el teléfono.

“Vaya panda de locos… esto tiene que ser una broma…”-Cogí mi móvil y llamé al primero de mis amigos” ¡Javi dile a Guille, Isa, Carlos… a todos que esto no es gracioso… si os parece nuestro negocio una tontería es vuestro problema pero sois mayorcitos ya para este tipo de bromas!”

Pero en vez de responderme la voz de mi querido amigo un grito desolado rasgó mis oídos. Tiré el teléfono al suelo del susto.

Al instante, todos los teléfonos que neciamente habíamos guardado en aquel mugriento garaje empezaron a sonar simultáneamente, sin dar tregua… intentaba cogerlos todos pero sólo había gritos y llantos al otro lado de la línea. Harta, intenté apagarlos e incluso estrellé algunos contra las pareces pero no dejaban de sonar.

Clara no se movía, solo me miraba con cara de póker, sus ojos perdidos en un trance del que no parecía despertar con el estruendo de los irritantes tonos de móvil.

“¡Clara! ¿Qué está pasando?” -presa del pánico y de la impotencia, decidí salir corriendo del siniestro lugar pero al salir a la calle desierta el estruendo no se callaba. De las casas, de los coches, se oían el insoportable estruendo de melodías sin sentido.

“¡Dejadme en paz!”- Grité en desesperación al darme cuenta que no podía huir de ese infierno. Sonaban cada vez más fuerte.

En ese momento dejé de ver la calle en la cual me encontraba y mi mente me transportó a aquel cubículo estrecho y agobiante donde apenas hay sitio para moverse y sin forma de salir donde tienen lugar mis peores pesadillas. Poco a poco se llenaba de agua… lentamente pero notaba como llegaba mi perdición, acompañada por una banda sonora de tonos irritantes sin armonía ni sentido… A medida que el agua helada iba mojando mi ropa y mi cuerpo paralizado, el caótico canto fúnebre que anuncia mi perdición no cesaba, ¿Es qué nadie podía oír semejante estruendo?.. Noté una impotencia que se apoderó de mi razón, sabía que no podía escapar esa tortura… intento huir pero mis músculos no reaccionan, batallo y batallo y…

Ese estruendo repentino no era un tono de un móvil…

¿Ya es la hora? Bueno doctor, ya le sigo contando la semana que viene.

Sí, estoy mucho mejor, gracias, su ayuda siempre me sienta bien.

Gracias. Vale, tres veces al día con las comidas. Estas me hacen dormir como un tronco… siempre está bien descansar.

Estupendo, el viernes nos vemos pues.

Muchísimas gracias por todo.

Hasta el viernes que viene. Adiós.

 

 

 

 

CAPÍTULO 2: Hospitales

Cuarta sesión.

Joven cae en coma tras atropello accidental

Joven de 16 años cae en coma tras ser atropellada por un todo terreno en la pintoresca localidad de Guadalminaren,

“Salió de la nada, abalanzándose sobre mi coche y gritando palabras sin sentido a los edificios. No estaba en sus cabales….Fue un accidente, no pude frenar a tiempo.”- Declaró el conductor del automóvil.

Los médicos están a la espera que la paciente salga del coma para estudiar los motivos de la alucinación que llevó a la joven a tirarse delante del vehículo, aunque no se descarta que hubiese estado bajo el efecto de algún tipo de drogas.

En el Hospital de San Marcos, su familia ansia su pronta recuperación, pero ante todo, entender porque la joven cometió dicho acto.

La policía descarta la tentativa de suicidio además…”

No quiero hablar del tema doctor… no fue nada fácil afrontarlos…

No tengo ganas de hablar…

¿Me puedo ir?

Pues nada, nos miraremos en silencio hasta que acabe la hora…

No. No quiero hablar.

Quinta sesión.

Lo sé, no tengo remedio ni perdón pero lo cierto es, doctor, que estaba convencida que era Viernes. Cuando me desperté ayer por la noche me di cuenta de que estaba en casa de alguien que no conocía: la habitación era verde limón y con muebles que indudablemente son de IKEA.

Cuando abrí los ojos lo primero que pensé fue: Esta no es mi cama. Con un repelús por el cuerpo me miré rápidamente y sentí un gran alivio cuando me di cuenta de que estaba vestida. ¡Menos mal! Pero le juro que no sabía que había pasado. Lo último que recordaba era estar en el hospital con Clara, que se había cortado con el cuchillo de cocina mientras la muy bestia intentaba abrir una bolsa de patatas con él… ¡Menos mal que no se ha quedado tuerta! Pero vamos, que los puntos en la mejilla estaban garantizados… y el dineral que le va a costar la cirugía plástica para quitarse la cicatriz… todo por no usar unas tijeritas.

Como le contaba, estaba ahí reflexionando sobre cómo y porque misterios del karma y el destino había llegado a ese extraño lugar, cuando de pronto me di cuenta del extraño ruido que sonaba cada cinco minutos.

Sin moverme de la cama de las sábanas verdes, analicé mentalmente el sonido y de pronto caí en el detalle: estaba al lado del metro exterior. Al lado del metro exterior… eso está a más de 15 paradas de casa… ¿Cómo narices había llegado allí?  Tal vez me habrían secuestrado…

Cautelosamente me levanté de la cama hortera y me dirigí hacia la puerta de puntillas. En el pasillo color magenta había una cantidad exagerada de cuadros colgados en las paredes…ya quisieran muchos museos… Pero ni un alma.

Me moví sigilosamente hasta la siguiente habitación y tampoco en ese salón cubierto de trofeos de cacería había nadie.

Sospechando del silencio, me acerqué a la puerta… la abrí intentando no hacer ruido pero, como no, chirrió. Aguanté la respiración… el corazón me latía como un tambor militar… los oídos me iban a explotar… pero no vino nadie…

Lo siguiente que recuerdo es estar andando por el pasillo hasta su consulta y, aquí me tiene.

Doctor, explíqueme-lo, porque le juro que no lo entiendo… ¿Qué me está pasando? ¿Por qué tengo estas lagunas mentales…?

Doctor…

¿Doctor?…

¡Doctor!

Dígame algo, por favor, que creo que me estoy volviendo loca…

De verdad que no entiendo lo que… ¿Qué me está pasando?

¿Hospital?

 

 

Sexta sesión.

Gracias por acompañarme doctor, de veras que siento muchísimo haberle vuelto a cambiar el día de nuestra cita y la molestia pero la verdad es que no sabía a quién llamar…

Clara no me coge el teléfono, los chicos están todos trabajando fuera y mi familia…bueno ya sabe que nos llevamos particularmente bien.

Si, es cierto, es un cambio de siempre vernos en su consulta aunque debo decir que este no es el lugar más agradable del mundo… pero bueno, después le invito a desayunar en agradecimiento por acompañarme. Prometido.

No, no, insisto, porque esto de estar aquí en ayunas tan temprano por la mañana no sienta nada bien.

Ese es mi número, ¿Se queda aquí? Gracias, no, no, de veras que no hace falta… pero no le negaré que agradecería que me acompañase… nunca me gustaron los médicos, ni las agujas, ni los hospitales en general.

Buenos días. Sí, claro, aquí tiene.

Lo que le iba diciendo doctor, que no me gustan estas cosas. Por supuesto usted, perdona, tú es la excepción. Al fin y al cabo es mi “loquero”. Si, se que está feo que le llame así… no es que yo le quiera desprestigiar, no se confunda, es solo que , para mí y en mi caso concreto, es la mejor definición del cargo que ostenta.

Si, si, ya sé que dice que no es así. Pero si no es locura, explíqueme las cosas que me pasan, porque le juro que yo no entiendo nada.

Sabe, es la primera vez que piso un hospital en años….

La última vez que vine fue con Clara. No, no el día en el que la muy torpe casi pierde un ojo con el cuchillo sino…

¿Ya está? ¡Qué bien y qué pronto! Gracias señorita.

Doctor, ¿Le apetece desayunar? porque esto me ha dado un hambre…

Hay una cafetería al final del pasillo. La conozco bien, mi tío Carlos solía ser el dueño hasta que le diagnosticaron cáncer.

“No voy a terminar mi vida como la he vivido siempre: en un hospital.” Lo sé, las imitaciones no son lo mío, pero siempre he admirado mucho a mi tío.

Por favor, siéntese, ¿Qué quiere tomar?

Señorita… señorita… ¡Qué camarera más despistada! A ver si le ve, que es usted muy mono, así seguro que viene… ¡Bingo! Debería patentar su mirada doctor… nos va a conseguir el desayuno.

¡No sea modesto!

Señorita, si es usted tan amable…

(…)

Perdone doctor, es que acabo de ver a mi tío. Ha vuelto a su antiguo trabajo.

Que va, el tratamiento no ha funcionado… mi tío murió la semana pasada.

Capítulo 3: Despertares.

Séptima sesión.

Tenía frío y me dolía muchísimo la cabeza. No podía abrir los ojos, la luz que entraba con fuerza por la ventana me estaba matando. Me di la vuelta en la cama, ignorando la voz de mi cabeza que juraba y perjuraba que no bebería ni fumaría más en mi vida. Bueno, siempre dice lo mismo. Siempre que salgo de fiesta, claro está. Debo admitir que la fiesta fue increíble, cantamos, bailamos, brindamos con champán y bebimos… si bebimos mucho… demasiado. Todo iba genial, disfrute con mis amigos como no había hecho en años. Pero fue entonces cuando le vi. Allí estaba de pie junto a la barra, tan serio como siempre, tan chulo… sé que me vio entrar, por eso se acercó más a ella. Furcia. Siempre supe que mentía cuando decía que respetaba mi decisión… tardó menos de treinta segundos en irse con la primera que le dijese que sí. Y ella, ¿Cómo podía haberme hecho esto?

“Necesito otra copa.”-Murmuré intentando contener mi rabia.

“¿No crees que has bebido suficiente?”- Chema me miraba con ojos de borracho pero con toda la preocupación que su mente confusa le permitía.

“No.”-Llamé al camarero- “Un vodka y que sea doble.”

Les miraba por el rabillo del ojo. Era una estúpida o, al menos, así me sentía. Mis convicciones me habían hecho perder al único hombre del que había estado perdidamente enamorada. Me había convencido que la decisión de acabar la relación era lo mejor, que él no era el hombre para mí porque a la larga no saldría bien, que mis convicciones estaban por encima de todo y que alguien que no lo entendiese no merecía la pena. Pero sabía que me estaba mintiendo a mi misma y verlo ahí me estaba hirviendo la sangre.

“Otro.”-Murmuré, vaciando de un trago el vaso que me acaba de poner el camarero.

La vista la tenía turbia y sólo mi rabia me dominaba. En la esquina del bar vi a un joven con un gorro con un look enigmático.

“Hola guapetón.”-Me acerqué a él tambaleándome en mis enormes tacones de aguja. Esa noche iba ideal con mi vestido nuevo y lo sabía.

“Hola guapa.”- Sonrío con voz de borracho, obviamente llevaba tanto tiempo como yo de fiesta.

Miré de reojo a la barra. Sí, me estaba mirando. Bien.

Y eso es lo último que recordaba recostada en la cama. La venganza perfecta, sé que él me vio y que no le sentó nada bien. Como me reía por dentro, hasta la cabeza me dolía menos de pensarlo.

Si, la venganza es un plato que se saborea mejor cuando se sirve frío.

No podía esperar a llamar a las chicas para contárselo. ¿Qué hora sería? Busqué a tientas mi móvil. Qué raro, no reconocía las cosas que había en la mesilla. Un momento, esa no era mi mesilla… Oh… Dios…Mío.

Tardé unos segundos en atreverme a abrir los ojos. Del susto, no pude ni gritar. A mi lado estaba roncando un bulto de pelo al que mi mente podía etiquetar como un tal Gerardo.

No supe cómo reaccionar. En estado de shock, me levanté sigilosamente observando el desastroso piso en el que me encontraba. Dios, no podía ni pensar. Cogí todas mis cosas y salí corriendo de allí. Mentiría si le dijese que era consciente había pasado. Bajé las escaleras del viejo edificio corriendo y fui buscando mi coche. Ni si quiera me fijé de donde había salido.

Bajé la ventanilla y me encendí un cigarrillo. Sé que es ilegal y sé que no es una buena idea fumar mientras conduces pero teniendo en cuenta que había tirado todos mis principios por la borda por culpa de los celos y el alcohol… creo que estaba justificada. No sé porque empecé a dar vueltas por la zona de donde había salido. Por algún motivo intentaba buscar el lugar de los hechos pero como era de esperar no lo encontré. Me entró un ataque de risa histérico. Vaya imbécil que había sido. Todo de lo que había criticado, de todo lo que hacía renegado durante años, aquello que me había costado el amor de mi vida, lo había tirado todo por la ventana. Irónico y triste. Sin duda era una mala pasada del destino, en el fondo era peor que todas las demás. Incluso peor que… ella.

De pronto dejé de reír y empecé a llorar como una histérica. ¿Qué había hecho? Esto no debía saberlo nadie, nunca. Nunca.

Y ha sido, doctor, han pasado todos estos años y nadie lo ha sabido nunca, ni si quiera mi marido. Es usted el primero. No sé porque se lo he contado… tal vez porque es un secreto que lleva corrompiéndome durante años y necesitaba salir o simplemente es parte de su terapia y ha conseguido sonsacarme mis más terribles secretos.

En fin, esa es mi marca silenciosa, una cadena con la que he cargado siempre pero que llevo toda una vida intentando compensar. No lo he hecho mal, créame y usted lo sabe. He amado y me han amado, he tenido una familia preciosa y una historia singular. Al menos así ha sido. La marca que nadie más que yo conoce no me ha cambiado, ¿O sí? A veces, incluso a estas alturas de mi vida sigue atormentándome en mis pesadillas y la culpa no me abandona…el terrible secreto de mi primera vez. A veces simplemente me doy pena, otras asco, aunque con los años he aprendido que fue una idiotez de la juventud aunque mentiría si dijese que no lo cambiaría si pudiese.

En fin, le dejo doctor, que la sesión ha acabado. Ya sabe el peor de mis despertares. Sabe, es curioso, me recuerda usted al muy remoto recuerdo ahogado en alcohol que tengo de la única otra persona que, sin saberlo, comparte mi terrible secreto. Bueno y usted. Parece que el destino se rió de mí por mi orgullo… pero bueno, de todo se aprende, sólo espero que no haya mucha gente que tengan que aprender humildad como lo hice yo.

Si estoy bien, gracias.

Hasta la semana que viene doctor.

Octava sesión.

“¿Susi?”- La esbelta figura de la adolescente hacía sombra a la luz de la luna que entraba por la ventana del primer piso del unifamiliar.

“Perdona mi niña, no pretendía despertarte.”-Murmuró mientras se echaba una mochila abultada al hombro.

“¿A dónde vas?”

“A ningún sitio, es un sólo un sueño.”-sonrió- “Anda, duérmete que es tarde.”

El sol se asomaba por la ventana, acariciando la pálida piel de la pequeña que dormía plácidamente en su cama rosa de Tarta de Fresa. La luz de la mañana se reflejaba en los cabellos del color del fuego de la niña. De golpe, la niña despertó del profundo sueño.

“¿Susana?”- Preguntó, mirando de un lado a otro de la habitación. Al ver que la cama de su hermana mayor estaba vacía, salió corriendo por el pasillo de que parqué de la casa, que crujía bajo sus pequeños pies.

“¡Mamá! ¡Papá!”-Gritaba alarmada, saltando en la cama con sábanas de flores que estaba en el centro del enorme dormitorio de matrimonio.

“¿Qué pasa cariño?”- Preguntó su madre con sueño, apenas abriendo los ojos.

“Vete a dormir, es temprano y hoy no es navidad…”- Bostezó su padre, dándose la vuelta en la cama y tapándose la cabeza con su almohada.

“¡Mamá, Susana no está!”

“¿Cómo?”

“Se ha ido mamá… me dijo que era un sueño.”

Al por fin asimilar lo que estaba diciendo, mis padres se levantaron de sopetón de la cama y fueron corriendo a la habitación que compartía con mi hermana. Su cama estaba hecha y sobre ella había un post-it. Yo aún no sabía leer, pero recuerdo que las palabras que había escritas en ese pequeño trozo de papel rosa fucsia hicieron que mi madre llorase durante años.

Mi padre, intentando mantener la calma, cogió el teléfono y re-llamaba sin descanso.

“No me coge el teléfono.”- Dijo muy preocupado.

“Está con Simón ¡Te dije que esto pasaría Tomás, te lo dije y no quisiste creerme!”- Mi madre, histérica, le reprochaba a mi padre- “¡Te dije que no podíamos retenerla para siempre, que eras demasiado duro con ella!”

“Tendríamos que haberla mandado al internado… pero ¡No! La niña se podía traumatizar…”

“habría sido peor…”

“¡Mujer! ¿Tú no eres consciente con quién se ha escapado la niña?”

“Dios mío Tomás, mi niña… no la volveremos…”

“Voy a llamar a la policía.”-Mi padre me acarició la cabeza y me dijo- “Mima a tu madre, mi niña.”

Me acerqué a mi madre muy lentamente. Estaba sentada en la cama de mi hermana, llorando como una magdalena y, al verme, me cogió fuertemente entre sus brazos sin dejar de llorar.

“Mamá, ¿Por qué estas triste?”- Pregunté, también yo llorando de ver a mi madre así.

Ella no podía contestar, se limitaba a abrazarme y a llorar con agonía.

“Mamá…”-dije al rato, mi padre chillaba en la planta de abajo- “¿Dónde está Susi?”

“No lo sé.”-Sollozó- “No lo sé´, cariño, no lo sé.”

Y esa fue la última vez que vi a mi hermana mayor. El nombre de Susana se convirtió en un tabú en casa porque su sola mención hacía que mi madre se derrumbase y mi padre saliese a fumar como un carretero. De la noche a la mañana me quedé sin hermana, mi hermana mayor, mi guardiana, a la que tanto admiraba. Yo sólo tenía cinco años y mi hermana no era más que una quinceañera rebelde que había decidido huir de unos padres excesivamente estrictos.

Mi hermana desapareció tal día como hoy, hace ya muchísimos años… Nunca supe más de ella. Bueno, eso no es completamente cierto. Hace años, cuando estaba esperando en la estación de trenes a que mi novio de aquel entonces llegase juraría que durante un segundo vi a una mujer muy delgada con cara de enferma que era idéntica a mi recuerdo de Susi. Ella me miraba con ojos tristes mientras se trenzaba su maraña de pelo pelirrojo sucio. Muerta de curiosidad, intenté acercarme a la extraña que estaba en el andén de en frente, bajé las escaleras que levaban al pasillo que comunicaba las vías pero cuando subí las escaleras ella había desaparecido. Tal vez fue una ilusión… no lo sé. Solo sé que Simón salió en las noticias cuando yo tenía la edad en la que mi hermana desapareció. No recuerdo porque le habían condenado, pero sí sé que se ha llevado toda su vida en prisión.

Bueno doctor, le dejo, que sé que está cansado de mis despertares. Sé que no me puede explicar qué pasó con Susi y yo nunca entendí por qué se marchó. Claro que en mi familia no volvieron a ser las cosas igual nunca más a partir de entonces…

Nos vemos la semana que viene. Una vez más gracias por todo, que pase un buen fin de semana y ligue mucho. ¿No se ha fijado como le miran las jovencitas? No se ría, que no soy tonta, aprovéchese de ser joven y apuesto, que no siempre será así.

Buenas tardes, hasta el viernes.

Novena sesión

Era muy temprano cuando esa voz angelical me susurraba en el oído que era la hora de despertar. Sus pequeñas manos me tiraban de la manta e insistía que me despertase… Nunca pude resistirme, al fin y al cabo, solo pasaba una vez al año y la ilusión siempre inundaba mi corazón. Con sueño y disfrutando de la inocencia del hombrecito que tiraba sin titubear de mi mano para que le acompañase al salón me movía lentamente por el pasillo, mis pies acariciados por la alfombra que habíamos comprado en nuestro viaje a África.

La luz del salón estaba encendida, aunque no se escuchaba ni a una mosca. Unas luces de colores parpadeantes se veían distorsionadas por los cristales opacos de la sólida puerta de madera.

Cuando me adentré, tirada hacia adentro por el pequeño de pelos de color del fuego no pude evitar sonreír con todas mis fuerzas. El pino que tan solo una semana antes habíamos decorado con esmero estaba rodeado de paquetes de todos los tamaños y colores, había cuatro tazas de chocolate caliente sobre la mesita de café y a los tres hombres que más quería en el mundo estaban sentados sobre el sofá. Los dos pequeños, idénticos al ojo inexperto, saltaban emocionados sobre el sofá, suplicando a gritos poder abrir los regalos. El tercero, un hombre apuesto con una barba oscura y unos ojos azules brillantes que me hacen, aun hoy, temblar como una quinceañera cada vez que los veo, me sonreía feliz. Después de desearme los buenos días, puso orden a los dos duendes pelirrojos que correteaban por el salón y con la misma ilusión e inocencia que nuestros hijos, se ponía a abrir los regalos mientras que yo, sorbiendo el tazón de chocolate caliente que con tanto esmero me habían preparado los tres antes de que despertase, daba gracias al cielo por mi felicidad.

Hoy he vuelto a soñar con ese día de Navidad. Y, aunque es un sueño recurrente, doctor, siempre me despierto llorando de felicidad. La inocencia, que pena que los seres humanos tengamos la insensatez de querer librarnos de ella tan pronto… aunque no nos damos cuenta de que muchas veces nos será robada cuando menos lo esperamos.

Creo que ese momento es el más feliz de mi vida. No que no haya tenido momentos felices, pero, ese fue el momento en que sentí que era plenamente feliz y, aunque era una sensación incomparablemente placentera tenía un toque amargo. Ese pequeño rastro aparentemente sin importancia, una nota agria en un bocado dulce… el temer que la vida no siempre sería ese perfecto sueño de Navidad y que la vida me reservaba platos menos dulces. Quería congelar ese momento. Y no me equivoqué, porque no mucho después las cosas se complicaron.

¿Quiere que vuelva la semana que viene? ¿Seguro? Bueno, pero no el día de Navidad, sería inhumano. Estupendo, nos vemos pues el martes después de Navidad. Que pase unas felices fiestas. Y no beba demasiado, no le pega estar borracho que es usted indudablemente un caballero.

Gracias, feliz Navidad. Hasta luego.

Capítulo 4: Juicios

Décima sesión

Sabe doctor, siempre he detestado la toga de los jueces. En serio, siempre me ha dado repelús esos trapos horribles del color de los grajos y ese pin brillante que parece que da licencia para cambiarte radicalmente la vida. Siempre, siempre he detestado la toga de los jueces y esa ridícula campanita que tienen y no tocan nunca, las banderas que no ondean y los extraños seres que te miran con ojos vacíos desde el estrado.

La primera vez que fui a juicio me marcaron los ojos de esa señora amargada que me miraba a los ojos sin sentimiento alguno y la actitud del jovenzuelo que se hacía llamar secretario que solo miraba al suelo con su par gafas de culo de vaso y tomaba nota de cada palabra. Dos ratillas cogían notas nos miraban desde los asientos de detrás nuestra, tomaban notas, me juzgaban a mí y a mis hijos y cuchicheaban apuestas sobre qué harían esos seres sin alma con nuestras vidas. Y ese extraño ser de edad indefinida que, sin ni siquiera mirarnos, cerraba sobre dirigidos a otras madres que vería como su mundo se destruía al abrir ese sobre infernal.  Al fin y al cabo, sólo éramos un número más. Como un búho y una tortuga, los miembros de la acusación cuchicheaban entre ellos mirándome a mí y a mis hijos que estaban sentados en el banquillo…

Siempre he detestado la toga de los jueces y la del secretario, la del fiscal y sobre todo y ante todo la del abogado. Pobrecilla, tan joven y con el pelo corto y moreno despeinado, con muchos papeles y un nerviosismo característico nos miraba desde la defensa. Venía muy bien recomendada para estas situaciones y nuestra familia no era problemática, era normal. Sólo tenían que admitir que habían hecho las barbaridades de las que se le acusaban y todo saldría bien.

Siempre, siempre he detestado la toga de los jueces, pues fue esa señora de cara amargada quien ordenó que mandasen a mis niños de quince años, mi vida, a un centro perdido. Necesitaban reformarse, cambiar de actitud y de vida. Desintoxicarse… Dios, como me dolió esa palabra… ¿Qué hicimos mal? ¿Dónde fallamos?

Siempre, siempre he detestado las togas de los jueces, porque fue esa toga la que cambió el curso de mi vida y envenenó a mi familia feliz. Fue el principio del fin.

En fin…  ¿Qué tal la Noche Buena, doctor? Me alegro. No, que va, yo estuve sola esta vez… los chicos no pudieron venir, vendrán en Noche Vieja… Espero.

Gracias, es muy amable. ¿Nos vemos el viernes entonces?

Hasta el Viernes, doctor.

Décimo-primera sesión.

¡Feliz año doctor! Por su cara y sus gafas de sol deduzco que salió anoche… ¿Qué tal fue? ¿Ligo mucho?

Yo al final me quedé dormida a las 10, lo cual es una pena porque al final no vi a mis hijos, que no quisieron despertarme.

La verdad es que no entiendo porque todo el mundo tiene tanto entusiasmo con el cambio de año… al fin y al cabo es un día más, como cualquier otro… pero bueno, supongo que es una buena excusa para una fiesta para la gente joven.

A mí no me gusta, si le soy sincera. ¿Perdone? Ah, pues no me gusta, es simple. Tengo recuerdos de grandes cambios de año pero me temo que hay una nota agria que siempre persistirá…

Al fin y al cabo no es más que una fecha, un número más en el calendario, un  día menos de la vida… Aunque si es cierto que a veces te da un sentimiento muy bueno, como pasar una página en tu vida. Hay gente que a final de año hace sus resoluciones para el año nuevo, la mayoría dicen cosas como dejar de fumar, ir al gimnasio o estar más en contacto con sus seres queridos que están lejos.

En mi caso, en un momento de mi vida, si que despedí el año con la ilusión y la firme resolución de pasar una página en mi vida. Fue irónico, que el que me ayudó a pasar esa página fue el mismo que representó en ese horrible juicio donde a mis hijos se les intentó usar como moneda de cambio… No sé cómo la gente hace esto varias veces en su vida. Es horrible, ver como se dividen la familia, los amigos, los recuerdos… y todas esas personas en el estrado decidiendo que o no es justo en tu vida… el chantaje emocional, el desenterrar esqueletos para poder pagar con lo material años de pequeños rencores y secretos que se habían convertido en una bola tan grande que solo nos aplastaron.

Acabé ese año con muchos menos kilos y muchas más canas de con los que lo empecé. Por eso me entusiasmó tanto cambiar de año: para poder hacer borrón y cuenta nueva, con mi nueva situación y con el apoyo de la única persona que no me hacía temblar cuando le veía con toga.

Si doctor, creo ya que entiendo porque se celebra el cambio de año. Es como una ducha, un suspiro o un café… sabes que el mundo no va a cambiar radicalmente por ese pequeño paréntesis, pero te da la fortaleza mental de seguir luchando contra los retos que cada día aparecen en nuestras vidas.

Por cierto, ¿Es usted consciente que tiene una mancha de carmín en el cuello de la camisa? Mejor que lo lleve a la tintorería hoy mismo que si no se le va a quedar la mancha…

Por cierto, por favor no se lo tome mal, está usted un poco chalado de trabajar hoy… la resaca le tiene que estar matando… ¡se que nos tiene mucho afecto, pero le va a costar la salud!

Mire, ya no le charlo más y el viernes le cuento otra cosilla. Insisto, tómese un ibuprofeno y échese un ratillo, que verá como está mañana como una rosa.

Nos vemos el viernes, que descanse… ah, y ¡no se le olvide llevar esa camisa a la tintorería o la echará a perder!

Feliz Año Nuevo, hasta luego.

Décimo-segunda sesión

Buenas tardes doctor, ¿Qué tal se han portado los reyes? Si claro, tomo asiento. Bueno, ¿De qué quiere que le hable hoy? Pues no lo sabría decir, explíqueme, a ver, que no le entiendo a que se refiere.

¿Ese día? Pues nada, ese día no sentí gran cosa. Me indignó cuando la gente se me quedó mirando al entrar en la sala… era triste oír las palabras de todos los testigos que murmuraban sus respuestas a las preguntas de esos grajos de negro. Aún hoy es irónico pensar que el hombre que me había ayudado la última vez que estuve en este horrible edificio era el motivo por el que estábamos ahí reunidos. No me gustan esos días y ese día fue el que le dio un giro de 360º a mi vida. En fin, me cogió mayor y con los hijos crecidos. Pobres, no les gustó nada tener que responder a las preguntas que les hacían.

Curiosamente fue el primer juicio del año, justo después de Reyes, hace hoy casi diez años. Fueron unos reyes curiosos, porque los chicos estaban fuera y bueno, les eché de menos. Pero me encantaron las postales y regalos que recibí. Ya hace años que sus majestades no pasan por casa, mandan cosas por correos…

No, en serio, estoy bien doctor… estoy más que acostumbrada. Vivimos en un mundo global donde las distancias son cortas aunque sean largas en realidad. Con una llamada conectas con quien quieras…

Además, estoy muy mayor para comprar regalos, antes me hacía muchísima ilusión comprar regalos para mis seres queridos y sorprenderles con cosas que les encantan pero a estas alturas de la película como que no estoy para esas cosas… Me estaré haciendo mayor…

Oh, me alaga, pero sabe que eso no es cierto, tengo ya una edad… no como usted que está hecho un joven pincel. Si, no sea tan modesto.

En fin, tome, un pequeño presente. No es gran cosa pero espero que le guste. Le queda muy bien, hace juego con sus ojos.  No, no hay de qué.

Me marcho, doctor, que tengo cita con el podólogo, ya la semana que viene le prometo charlarle más.

Estupendo. Hasta la próxima semana. Adiós.

Capítulo 5: Viajes

Décimo-tercera sesión.

Buenas tardes Doctor, ¿Qué tal la reincorporación a la vida real? Yo muy bien la verdad, he tenido un recuerdo maravilloso.

No siempre fui así de vieja y aburrida, ¿Sabe? Cuando era joven la verdad es que era una persona la mar de entretenida.

Bueno, tengo que decir que la afición por viajar la empecé con Clara, porque a mis padres nunca les entusiasmó mucho la idea.

Pero a Clara, a Clara siempre le ha ido viajar.

La primera vez que salí del país fue ese verano a Portugal. Éramos dos tontas con un mapa. Clara se acababa de sacar el carnet y había ahorrado para comprarse una vieja tartana que en ese momento a nosotras nos parecía el coche de James Bond.

“¿A dónde vamos?”- Clara sonreía acelerando el viejo cacharro por la carretera de montaña.

“¡A donde la aventura nos lleve!”- Reí, subiendo el volumen de la radio y sacando la mano por la ventana para sentir la suave brisa de la montaña.

“¿Lisboa?”- Preguntó, leyendo el primer cartel que nos encontramos tras varios KM.

Perdone doctor, si, me gusto mucho Lisboa, la verdad y también la costa de Portugal, porque nos llevamos viajando y durmiendo en el coche durante semanas, hasta que se nos acabó el dinero. Ahora eso sí, mereció la pena. Por supuesto, ¡Como les iba a decir a mis padres en el plan en el que había viajado! Aunque créame, estaban tan contentos de no tenerme por casa dando la lata (la adolescencia no me sentó muy bien, para que se haga una idea, tenía siete piercings en la oreja derecha y otros cinco más en otros sitios que no van al caso ahora…) Jajaja La gente madura doctor, ese fue mi caso. Aunque tengo que decir que algunos de los agujeros se me quedaron hasta hace relativamente poco. Y tardé bastante en dejar de tener el pelo verde limón y con pelados extraños, pero al entrar en segundo de carrera cambié a mejor.

Como le estaba contando, el primer viaje que hice lo hice con Clara. Tuvo unos momentos geniales y algún que otro susto cuando nos quedábamos sin gasolina y teníamos que empujar el coche, que pesaba una tonelada, a la gasolinera más cercana. Y la verdad es que normalmente estaba en el más haya pero nos lo tomábamos con filosofía.

Si, es bonito ser joven, es incluso mejor cuando tienes la oportunidad de viajar con tu mejor amiga.

No olvidaré jamás los paisajes, la gente, la música… esas canciones que repetían sin cesar las emisoras de moda y nos sabíamos de memoria. Las cantábamos a grito pelado en el coche y las tarareábamos mientras recorríamos los pueblos perdidos…

Vimos de todo en ese viaje… vivimos…

Si…

Vivimos…

Mucho…

Tanto…

Perdone doctor, se me ha ido el hilo. Pues eso, que es precioso ser joven. Espero que usted lo aproveche bien Doctor, porque sería una pena que un muchacho como usted desperdicie su juventud.

¡Oh, nostalgia, bella nostalgia de juventud! Cuan poco te aprecié cuanto te tuve y cuanto te echo de menos ahora que soy mayor.

No se ría, jovenzuelo, que cuando tenga unos muchos años más, lo entenderá.

En fin, le dejo, que ya es hora. Gracias una vez más por escuchar los delirios de esta anciana.

Nos vemos la semana que viene.

¡Hasta luego!

Décimo-cuarta sesión.

¡Buenas tardes doctor! ¿Qué tal está usted? Siento el retraso, he tenido que volver al hospital a hacerme un par de pruebas más… la edad, que no perdona. Créame, cuanto más mayor te haces menor es tu simpatía por las camareras y los barman y mayor es la relación  y confianza que tienes con los médicos y enfermeras.

No se ría, es cierto. Cuando era joven pasarme una hora esperando para hacerme una prueba en el hospital era mi peor pesadilla y ahora pues me parece lo más normal del mundo, se pasa el tiempo rápido observando a la gente que entra y sale de la sala de espera, algunos dan conversación y nos contamos nuestras penas mutuamente. Creo que es algo reconfortante, eso de saber que la gente está igual o peor que tu. Y, aunque es verdad que ese sentimiento se hace más fuerte con la edad, no me negará que cuando se es joven y se te chafa algo no te entra una pequeña satisfacción de ver que al de al lado tampoco le salió o le salió peor que a ti… No es cuestión de ser mala persona, doctor, es ser humano. Qué se le va hacer…

Además, no son todo desventajas. Pues tras ese sentimiento de pequeña satisfacción que nos recorre a todos nos entra después el cargo de conciencia y simpatizamos con el prójimo. Aunque sea un perfecto desconocido…

Pues sí, sí que tengo experiencia, ¡Aquí donde me ve, erase una vez yo también fui joven!

Tantísimos años, parece que fuera ayer…

Por una locura del destino, Clara y yo nos habíamos ido  de viaje de mochilera por los Países Bajos.  Comer, comer, del verbo comer comíamos poco pero viajamos mucho…. vimos casi todo el país y debo admitir que conocimos a mucha gente interesante, tan colgada como estábamos nosotras por aquel entonces.

No se ría, que estoy segura que usted tampoco fue ningún santo, me consta que se fue usted de inter-raíl… ¡Pero será picarón! ¿Qué respeto es ese por sus mayores? Si, si, usted será mi loquero pero le recuerdo que tengo edad para ser, por lo menos, su madre. Oye doctor, menos guasa… ¡Qué soy vieja pero no estoy chocha! Ya me gustaría a mí verle por un agujerito  como será usted con mi edad… ¡Pero vamos, el tiempo es el que mejor ejecuta las venganzas! Así que borre esa sonrisa burlona de su cara que cuando su bella faz se convierta en una pasa y sepa usted lo que es el verdadero cansancio se acordará de esta anciana… si, si, ya verá…

Bueno, pues, como le estaba contando, en ese viaje en el que nos tuvo que subir el colesterol y el azúcar, pues durante todo el tiempo que estuvimos en la vieja Flandes solo comimos patatas fritas con salsa “andaluza”, gofres con chocolate o nutella y bebimos muchísima cerveza. Tanta, que esa noche la cerveza me llevó al andén desierto de esa estación.

Llevábamos todo el día de cervecería en cervecería, brindando con unos amigos polacos que habíamos hecho en el hostal. No sé en qué punto de que brindis me fui al servicio pero lo cierto es que a la vuelta no quedaba ni Clara, ni polacos, ni cerveza ni nada… ¡Imagínese mi sorpresa!

Menos mal que la recepcionista del hostal, una australiana de pintas muy hippies pero que, por los libros que tenía apilados encima del mostrador, estudiaba ingeniería nuclear (algo que me pareció un poco contradictorio entonces y aun hoy me lo sigue pareciendo, si me permite opinar) fue más avispada que yo y me dio otra copia de las llaves de la habitación.

“Por si acaso.”-Me sonrió.

Tengo que admitir que en el momento no lo supe apreciar, más que nada porque me parecía que esa mujer estaba como una cabra, claro que ella tendría que pensar algo parecido de mí, más que nada porque por aquel entonces llevaba las mechas rojas y cinco piercings, además de los  leotardos rotos y las pulseras de pinchos.

“Menos mal.”-Pensé mientras batallaba para encenderme un cigarro en esa estación desierta, porque en esa parte del mundo los trenes de mercancías corren mucho. Si, incluso en las estaciones.  Y no veas cómo me irritaba porque siempre me apagaban el mechero. Además, asustan esos monstruos mecánicos que cruzan la oscuridad chirriando y gritando en el silencio sepulcral de la noche.

Estando yo muerta de frío y sintiéndome desgraciada observé que al otro lado de la estación había un chico, un poco más mayor que yo, sentado en el otro banco del andén completamente empapado y tiritando de frío. Y admito, a riesgo de que me condene como malísima persona, que pensé “no, si al final voy a tener hasta suerte.” Pero en fue en ese momento que me recorrió el cargo de conciencia y, aunque estaba muerta de frió, me levanté y recorrí el andén hacia el chico empapado.

“Hola.”-Le sonreí, intentando que no me castañearan los dientes.

“Hola.”-Me respondió, sus dientes sí que castañeaban con el frío invernal.

“¿Un cigarro?”-Le ofrecí, sacándome la cajetilla del bolsillo de la chaqueta.

“No fumo, pero gracias.”-Intentó sonreír pero tenía la cara congelada por el frío.

“Tú verás, pero al menos con el humo no morirás de congelación.”

“Tal vez, pero tampoco moriré de cáncer de pulmón.” -Respondió con ironía.

“Problema a largo plazo… ahora mismo no quiero morir de frío.”

Los dos miramos en silencio al tablero que nos recordaba que nuestro tren tenía un gran retraso.

“Soy James…”-Me estrechó una mano húmeda y congelada con el frío.

“Encantada.”-Sonreí, tirando mi cigarrillo al suelo-“Me llamo Miriam.”

Yo no lo recuerdo así exactamente, de hecho fue un encuentro menos peliculero, pero bueno, así lo contó James el día de nuestra boda y, ¿Quién soy yo para decir lo contrario?

Le dejo doctor, ¡Qué tarde es! Nos vemos la semana que viene. Anda, y no se tome muy en serio lo que le he dicho de la vejez, todas las etapas de la vida tienen sus cosas bonitas. Créame, hasta cuando sea anciano y sabio lo disfrutará.

Hasta la semana que viene. Gracias por todo doctor, hasta luego.

Décimo-quinta sesión.

Muchas veces juzgamos las cosas y a la gente sin tomarnos la molestia de conocerlas primero. Por ejemplo, cuando yo era joven siempre di por supuesto que jamás de los jamases me podría un traje de chaqueta, porque eso era de carca y estirada y, rebelde de mí, pensé que sería un ultraje contra mis principios ponerme ese uniforme gris que encadenaba y marcaba a los esclavos de capitalismo corporativo. Claro que también aquellos corredores de bolsa, contables, economistas y letrados que trabajaban con mi padre tampoco se tomaban la molestia de conocerme antes de juzgarme y encasillarme dentro del montón de “mamarracho” rebelde con un corte de pelo ridículo. Si nos hubiésemos tomado la molestia de hablar más de cinco minutos seguidos y sobre un tema de conversación de alguna índole o interés, nos habríamos dado cuenta que aunque éramos obviamente de distintos estilos, nuestras posiciones y pensamientos no eran tan incompatibles como inicialmente creíamos los dos al pre-juzgarnos. No sé si tiene sentido lo que acabo de decir, pero espero que me entienda, porque no sé si lo puedo explicar de otra forma… Da igual, lo importante, es que muchas veces decidimos si algo nos gusta o no nos gusta antes de conocer bien la materia sobre la que tomamos la decisión.

Desde muy joven, decidí que había una serie de cosas de las que estaba en contra: el capitalismo, las armas, la guerra, la caza y comer animales, las personas prepotentes… entre otras muchas cosas. Y por muy convencida que me llevé durante años ondeando la bandera de rebelde lo cierto es que todo lo que se critica en casa y de forma proporcional a lo que te quejaste: Conocí a Óscar.

Jamás de los jamases pensé que accedería a irme de luna de miel a un safari de caza, ¡Por favor! ¿Yo? ¡Jamás!

Nunca pensé que aprendería a disparar un rifle y que tendría una muy buena puntería natural…

¿Cómo iba a enamorarme de un abogado especialista en derecho de familia y picapleitos? ¿Cómo soportar a mi lado a un hombre que vivía de las desgracias ajenas, de la destrucción de familias por dinero y de la extorsión empleando a los niños como moneda de cambio? ¿Un tiburón, cazador, carnívoro y consumista? ¿YO? ¡Jamás!

Y entonces conocí a Óscar.

No sé ni cómo, ni cuando, ni porque pero conocer a ese abogado chupa-sangres me cambió la vida. Me cambió a mí. No sé ni cómo, ni cuando, ni porque pero tras mi luna de miel con ese apasionado sanguinario mi alma frágil e idealista dejó de ser quien era y se volvió lo que tantas veces de joven juzgue. Me puse mi traje y empecé a trabajar de comercial. Poco a poco y con la ayuda y guía de Óscar avancé por la empresa.

“Esto es una cacería entre humanos.”-Me solía decir-” O matas o te matan, o comes o te comen.”

La nueva yo siguió su consejo y escalé por la empresa. Cuando llegué a Directora general me jubilé. Aunque claro, a Óscar se le olvidó prevenirme de lo que iría perdiendo por el camino. Pero esa es otra historia, doctor.

Lo cierto es que la relación que mantenía con Óscar era de repulsión-admiración. Por un lado, la vieja yo detestaba todo lo que representaba, su actitud, sus principios, lo que hacía con mi vida pero, por otro lado, mi alma dañada y frágil le admiraba con todo el corazón, hasta tal punto, que se dejó transformar en un nuevo ser, fuerte y de instinto asesino, que nadie reconocería.

Ese viaje, ese fue el más notable de los viajes de mi historia y mi pasado, esos majestuosos atardeceres africanos y la bella luz de la sabana, la sangre de las fieras y el olor de la pólvora en mi pelo… los ojos brillantes de mi mentor y mi donde cazadora recién nacido.

Un antes y un después, el principio del fin y el fin del principio.

Óscar…

La sabana y el silencio.

La luz.

No volverás a tener miedo, mujer de hielo.

Perdone, he perdido el norte, no sé porque, pero me ha dado la risa tonta. Me está empezando a afectar la edad, ya no sé ni lo que digo en voz alta, a veces no tiene ni sentido. Pero, ¿Qué le voy a contar?

¿Mis hijos? ¡Estaban encantados! Óscar era un rol muy masculino. Le gustaba el boxeo, los coches y la caza, lógicamente. Guardaba trastos de todas sus aficiones en los armarios de la entrada de casa. Además, era un gran coleccionista de armas antiguas y autógrafos de muchos deportistas. Pero por algún motivo, el único deporte que no le hacía mucho chiste era el fútbol. ¿Curioso, no? Ah, ¿A usted tampoco? Bueno, tiene que haber gente para todo. A mí el fútbol como que ni fu ni fa pero tengo que admitir que los futbolistas en general están… ¡Vamos, doctor, que soy vieja, pero tengo ojos en la cara! ¡Es usted peor que mis hijos! Hombres, no hay quien os entienda.

En fin, le dejo, que tengo que lavarme el pelo que lo tengo bastante sucio. No se mofe de mí, por supuesto que hay que estar bella y bien cuidada siempre.

¡La primera persona que te tiene que ver guapa es la que te mira desde el espejo!

Iluso… ¡Cuánto le queda por aprender!

Me marcho. Espero que pase un buen fin de semana y ya charlamos otro poquitín la semana que viene. Si, en el mismo sitio y a la misma hora. Una vez más gracias por escucharme, siempre es un placer contarle estas cosas a alguien tan aparente como usted.

¡Hasta el viernes! Sí, claro, sin problemas. Adiós.

Capítulo 6: Secretos.

Décimo-sexta sesión.

A mí no me gusta mentir. No por nada, sino porque lo veo una sublime tontería. En primer lugar, porque al final, siempre te tienes que acordar de que dijiste y al cabo de unas cuantas veces ya no se parece en nada a lo q dijiste desde un principio. En segundo lugar, porque cuando le mientes a un extraño es sorprendentemente fácil, al fin y al cabo no te conocen de nada, pero cuando se trata de mentirle a un conocido y, a más inri, a un ser querido, resulta ser una hazaña casi imposible. Por último, siempre está ese mal momento en el que la verdad sale, porque sale siempre, en el momento inadecuado a la persona errónea y las consecuencias de ese dato revelado caen como una pirámide de LLENGA al quitar la pieza maestra: todo lo que se construyó sobre tu mentira se colapsa sobre ti y el efecto es como una onda expansiva que provocará más destrozos que la verdad en su momento. Si, no me gusta mentir.

Pero eso no quiere decir que no haya mentido nunca.

Por ejemplo, cuando Clara me preguntó que si había visto el espíritu de Ginebra durante su funeral, mentí.

Cuando mis padres me cogieron fumando en la ventana de mi cuarto, mentí.

Cuando mi marido me preguntó que cuantas parejas había tenido antes que él, mentí.

Aquella vez en la que pedí una beca cuyo requisito indispensable era hablar portugués, mentí.

Cuando mis hijos  me preguntaron que porque su padre nos abandonaba… mentí.

Pero le aseguro, doctor, que todos los motivos de esas “mentiras blancas” eran lícitos y justificables. Créame que la consecuencia de cada uno, de haber dicho la verdad, habría desvelado terribles secretos que habrían cambiado incluso el curso de nuestras vidas. Para empezar, tal vez no le hubiese conocido a usted. Perdón, no te habría conocido.

En fin, que todos esos momentos de falta de veracidad fueron para tapar secretos, unos secretos tan terribles que habrían destruido la vida de muchos.

Lo malo, es que la verdad tiene la mala costumbre de aparecer siempre en el peor momento, porque no le gusta nada vivir en el exilio. E inexorablemente las consecuencias que la acompañaron bombardearon nuestra realidad hasta convertirla en una frágil pasta que nada se parecía a la vida tan bella que llevábamos antes.

Es una pena.

Lo sé, lo es.

Pero aún así, siempre nos cabrá la duda.

No, los secretos no son mentiras. Son sólo cristales abrumados que no dejan ver que hay dentro, pero tampoco te engañan o sugieren nada sobre ellos. Los secretos no son más que agujeros negros creados por el hombre para evitar que un dato maligno destruya la feliz realidad que brilla bajo el sol.

Pero pobre el que intente taparlos con mentiras…

Si…

Tal vez…

NO.

Jamás.

Lo sé, cuéntemelo a mí. Al fin y al cabo, el secreto de la vida de Susi fue el que lo empezó todo. Pobre, años más tarde me la crucé por la calle. Ella me reconoció pero yo, sinceramente, tantos años más tarde y vestida en harapos no la reconocí. Es tan triste no reconocer a una hermana. La vi la noche antes de ir al cine con Pedro.

Ojalá, ojalá la hubiese reconocido.

Ojalá nunca hubiese acabado la pobre acogida en esa familia.

Ojalá Susi nunca hubiese mentido sobre su familia de verdad y hoy estaría viva.

Pues fue al ver su foto en el periódico que me di cuenta quien era, cuando me enteré que la noche en que me la encontré, se había quitado la vida.

Un secreto que guardé de mis padres… mi hermana se había tomado una sobredosis, porque su último ser querido la había rechazado. Yo.

Décimo-Séptima sesión.

Como le dije, lo cierto es que hay secretos que no deben saberse. Aunque después siempre acaben saliendo.

Solo hay un secreto que nunca, nunca… Se lo garantizo. Nunca.

Pero se lo voy a contar… porque cuando se obtiene un gran logro siempre se le tiene que confesar a alguien, sino no tiene gracia.

Claro, como en los Diez Negritos. Aunque orgullo hace que se lo tenga que contar a una persona real y no a un desconocido que coja una botella que tire al mar… ¡Oye! Esas que maneras que son de hablarme…

Bueno, ¿Se lo cuento o no?

Ea, pues no se lo cuento.

No, no me ponga ojitos de cordero degollado… no me los ponga que sabe que es usted muy mono y no puedo no perdonar a esa carita…

Chantajista emocional… ¿Qué clase de terapeuta es usted?

Mire, porque necesito el empujón de ego… Qué sino se queda con la duda para que le reconcoma hasta que peine canas…

Bueno, sabe que le he contado tantas, tantas, historias que no tienen ni pies ni cabeza. Bueno y también que de joven fumaba mucho.

Lo cierto y verdad es que… era una porrera empedernida. Lo admito, estaba emporrada todo el día.

Claro.

Si.

No diga eso, ¿Tantas cosas le he resuelto con esta confesión? Pues nada, me alegro. Ve, la verdad siempre da mejor de boca que la mentira. Pero en este caso no. Aunque me siento orgullosa que esta confesión haya hecho que mejore su imagen de mi. No, no estoy tan loca.

Que va, la historia de Ginebra es verídica y sin efectos de Cannabis de por medio. ¡Se lo juro!

Bueno, pues ese es el secreto mejor guardado de mi vida. Me pasé la juventud y parte de la madurez fumando maría durante todo el día y sufriendo sus efectos… ¿Irónico, verdad?

Pero vamos, diga lo que diga, usted es el loquero, así que espero que me explique todas las razones y los motivos de estas cosas que le cuento porque le juro que llevo años reflexionando sobre ellas le juro que yo no las entiendo.

Eso sí, me enorgullezco que la verdad haya tardado tantos años en salir a la luz. Bueno, y relativamente, porque sé que por su compromiso de confidencialidad no se lo permite, no va a salir de estas cuatro paredes.

¡Viva yo y mis artes juveniles de disimulo! Me alegro de habérselo contado. Me siento como si fuese una gran espía… aunque más bien con los orígenes y relaciones de una traficante.

En fin, le dejo que es muy tarde. Hablamos de la semana que viene. ¡Hasta luego!

Décimo-Octava sesión.

Hola doctor. Gracias. Siento mi ausencia a las últimas sesiones. No he estado bien, mi médico me ha tenido en observación durante unos días. Nada grave, la vejez que es muy mala… no se dura para siempre, antes o después el tiempo alcanza a tu cuerpo y batalla hasta que tu alma se cansa de luchar… es entonces cuando la visita del ángel silencioso es inexorable y con ojos cansados le sonríes mientras te coge de la mano y te ayuda a cruzar al otro lado.

No me asusta la muerte. No me asusta porque sé que me esperan en el otro lado. Si, ríase, pero en esta vida hay que creer en algo. Se puede creer que hay algo o creer que no hay nada, pero es todo creer igualmente porque nadie puede demostrarlo. Entonces, todos elegimos la creencia que más nos conforta y nos hace feliz vivir.

Me gusta creer en que hay algo al otro lado de la muerte. Y me conforta, por muy necio que suene, el pensar que existe un ser superior que comprende las barbaridades que he hecho en mi vida y no me juzga por ello. No como las personas, que nos juzgamos y condenamos, muchas veces sin ni siquiera conocer a la víctima de nuestra sentencia firme y definitiva.

He hecho cosas terribles en mi vida, muchas de las cuales elegí no recordar y ahora no recuerdo.

Pero lo cierto es que hasta que no he estado al borde del precipicio no he visto la luz.

Se me olvidó ser feliz. Intenté tantos años hacer las cosas bien, corregir mis errores del pasado, sacar todo adelante y se me olvidó ser feliz.

He hecho daño a muchísima gente… a algunas incluso sin saberlo.

Cerré los ojos y salí corriendo.

Lo que no me perdono es lo que le hice a mis padres… En el momento pensé que les hacía un favor, por evitarles que pasaran la decepción y humillación de verme así… De quedar en evidencia ante sus amigos…Si… Y de un desconocido. ..Mi camello.

Huí, a donde y como no importa, pero huí. Corrí hacia el vacío y meses más tarde acabé en un paritorio asqueroso rodeada de enfermeras que me condenaban con la mirada.

Y todo ese sufrimiento para que mi hijo naciese muerto.

Mi alma se destrozó al ver que ese secreto, el que había acabado con mi familia…el que había arruinado mi vida… ni siquiera había sobrevivido para acompañarme en el resto del camino.

Y el puente se había quemado, no pude volver atrás a ver a mis padres… una vez más el destino se había reído de mí y me había robado todo lo que siempre había querido.

No se compadezca, como le dije, se me olvidó ser feliz. El destino siempre ríe del que no se ayuda a sí mismo. Y vilmente se burlaba de mí porque no hice nada para sonreír cada día, sino que dejé que la ola me llevase al vacío.

Fue un tiempo oscuro y deprimente. Estuve en sitios que prefiero ni recordar…viviendo mentiras y escondiendo verdades.

Seguí perdida y sin rumbo hasta que un inesperado día, gracias a las manos de la determinación, la lucha y el azar empecé de cero y me puse a trabajar.

Créame que no fue fácil. Pero tuve suerte porque afortunadamente tuve y tengo grandes amigos que me ayudaron.

Pero el daño que les hice siguió vivo en mi mente y sigue hoy en mi corazón.

Sabe, es irónico ver como el destino siempre se guarda una carta inesperada. Conocer a mi hijo muerto años más tarde me sorprendió muchísimo, casi me dio un infarto cuando me contactó. Pero me sorprendí más aún cuando me enteré que tenía nietos…De hecho, es una de las razones por las que me he llevado tanto tiempo en el hospital, mi hijo es muerto es médico…  ¡Ginecólogo además!…Y lo más irónico fue cuando descubrí que uno de esos nietos del hijo que supuestamente nunca llegó a nacer resultó ser alguien de lo más inesperado.

Su padre es un encanto doctor. No me extraña que usted sea tan guapo, se parece usted a su bisabuelo. Mi padre.

Capítulo 7: Traiciones.

Décimo-Novena sesión.

En el nombre del Padre de mis hijos habría muerto, habría matado, habría dado cada ápice de mi minúsculo y frágil ser por hacerle feliz pues sabía que él era mi luz, mi vida, mi todo… confiaba por completo en él.

En el nombre del padre de mis hijos fui sola a la reunión de padres con mis dos hijos, que como era típico en esa conflictiva etapa adolescente que todos pasamos.

Por desgracia o por suerte para su padre y para mi, habían salido más parecidos a su madre que a su padre y el conflicto y la rebeldía sin sentido era su credo.

Si, no es nada fácil ser madre.

Créame, los sentimientos contradictorios son más fuertes y frecuentes de lo que una persona normal, o por lo menos así se consideran, aguantaría antes de tornar a la más horrible y completa locura.

Una vez más y como tantas otras veces, mis queridísimos hijos, que tanto se parecían a la madre que les parió, se habían metido en una pelea.

Se me caía la cara de vergüenza cuando el tutor me relataba la ingenua y cruel manera en la que habían tratado a uno de sus compañeros y como sufrían ataques de rabia incontroladas de dudoso origen.

Viendo que su entorno familiar era ideal y que, que yo supiese, mis hijos no consumían ni alcohol ni drogas, lo achaqué a cosas de la edad.

Con mis dos adolescentes barrillosos cogidos por la oreja, volví a casa gritando broncas y maldiciones a mis dos hijos.

Fue entonces cuando vimos que las luces de la casa estaban encendidas. Algo raro, teniendo en cuenta que mi marido estaba en una reunión con su jefe y algunos compañeros de trabajo.

Los chicos abrieron la puerta de la entrada desconfiadamente, e ignorando mi orden de esperar hasta que llegase la policía, cogieron dos palos de golf de la entrada y fueron en busca del intruso.

Muerta de frío, esperé temerosa mientras llamaba una vez y otra a la policía.

Mis hijos, de metro ochenta y corpulencia de todo, habían desaparecido entre los muros de nuestro hogar.

Cuando estaba a punto de cruzar el umbral de la puerta de entrada escuché gritos de rabia y llantos de súplica.

Corrí por los oscuros pasillos a toda prisa, implorándole a los dos hormonales adolescentes que dejasen al intruso tranquilo… que esperasen a la policía…y cuando abrí la puerta del dormitorio mi corazón y mi mente murieron en unísono,

En el nombre del padre, mis hijos entraron.

En el nombre de su madre, a su padre desnudo apalearon.

Y en el nombre de la familia, al amante mataron a palos.

Y yo, paralizada en cuerpo y alma me quedé en el umbral de la puerta hasta que la policía llegó. Y mientras esposaban a mis dos hijos pequeños, paralizada, como en un sueño, me quedé viendo como morían el jefe de mi marido, mi familia, mis sueños y yo.

Vigésima sesión.

En el acto del hijo, que tras sus palabras escondió la verdad.

Aquel hijo que en mis faldas crié.

Aquel hijo al que le enseñé todo lo que me enseñaron mis padres, mis mentores y la vida en sí.

Aquel hijo al que cuidé, en salud, en enfermedad, en riqueza y en pobreza, en alegría y tristeza, en fuerza y desesperación, en vida y en muerte.

Si, mis hijos han sido siempre la luz de mis ojos, los que han dado forma a mi vida y me han convertido en lo que soy hoy.

Y no son perfectos.

De hecho, son muy imperfectos, pero bueno también lo soy yo.

Por cierto, te agradezco que hayas querido seguir siendo mi loquero.

Si, supongo.

Aunque me sorprende que no te resulte que no te resulte extraño tratar y saber tanto de tu abuela.

Claro, supongo que sí.

Muy bien hijo, muy profesional.

Sabe que siempre le he dicho que es muy guapo. Ahora más inri, porque he caído que se parece usted a mis hijos, pero en moreno, claro.

Vamos, ¿Me lo permitía cuando era una mera paciente y se sonroja ahora que sabe soy su abuela?

Anda que buen elemento está usted hecho, Tomasito.

¿Tanto? Bueno, vale, Don Tomás. ¿No? Vale, entonces solo Tomás.

No me ha contado si tiene novia. No se crea que no se la respuesta, que le llevo viendo con los ojos risueños desde hace un par de semanas.

A mí no me engaña.

Vamos, soy vieja pero no tan antigua.

¿Cómo es? ¡Por Dios Tomás, que sieso que eres!

Podrías parecerte más a tu tío Pedro, pero en vez de eso has salido a tu tío Simón.

¡Qué fuerte que es la genética!

Tu tío Pedro siempre fue el fiestero, el juerguista y el mal estudiante que me traía por el camino de la amargura.

En cambio, Simón siempre fue un chico muy apañado.

Lo sorprendente era lo bien que se llevaban y la complicidad que tenían. Bueno, teniendo en cuenta lo diferentes que eran llamaban la atención. Siendo físicamente idénticos, no podían ser más distintos.

Tu tío Pedro tenía más novias que camisas y tu tío Simón se llevó saliendo durante años con Carlota, una chica dulce y encantadora a la que le arruinaría la vida el hecho de que, aunque estaba enamorada de Simón, Pedro la volvía secretamente loca.

Un triángulo amoroso entre hermanos y un hecho horrible que cambió nuestra vida.

Triste pero cierto.

Por suerte, los chicos se llevaban de maravilla con su padrastro que, siendo tan energético como era, siempre intentaba mantener en equilibrio en la situación.

Por el acto del hijo todo cambió.

Por el mutuo acuerdo de los míos yo acabé aquí encerrada día y noche como un animal, con sólo locos para hacerme compañía.

No les culpo, ¿Sabe? Era el mal menor. Sabían que con su testimonio acabaría aquí encerrada y decidieron que sería lo mejor.

No sé si lo prefiero, han pasado ya tantos años… Me he acostumbrado a mi locura, incluso he dejado de intentar escaparme. Total, para lo que me queda, mejor disfrutar de ello.

Por cierto, que debe chocar a tu abuela en semejante lugar. Yo lo siento por tu padre, que aunque diga que no, no lo lleva nada bien.

Vamos, no me mienta.

Pero créame que así es mejor. Se ha librado de cosas peores en esta vida que una madre encerrada.

Bueno, debe ser duro de aceptar que tu madre está encerrada, al menos si está acompañado por el hecho de descubrir que el hijo de tu prometida es, de hecho, de tu hermano gemelo.

Ella no debió decírselo, porque, en el fondo, no lo hizo por él sino más bien porque no aguantaba el remordimiento de su conciencia. Pero me temo que la noticia no hizo más que destruir lo poco que quedaba de nuestra familia.

Hermano contra hermano en una traición imperdonable. Además, siendo Pedro como era, para él no fue más que una tontería que salió muy, pero que muy cara.

A Simón le encontraron colgando del balcón a la mañana siguiente. Usó el cable del teléfono.

Ninguno de los dos tuvo el valor de decírmelo, fue la policía quien me vino a buscar y me contó la noticia… años después Pedro se atrevió a contarme el porqué de la tragedia.

Tal vez fue la traición de su hermano gemelo, tal vez la de su prometida, o la locura y la culpa de su madre lo que le empujó a hacerlo pero lo cierto es que tu tío no pudo más y mi pobre Simón decidió forzar su despedida de este mundo y de la grotesca sátira de su vida.

Pedro, desolado y muerto por la culpa, echó a Carlota de su vida y le arrancó  la custodia del niño en cuanto nació.

Por los actos del hijo yo me encuentro aquí, por el padre del hijo Simón quiso morir. Por el hijo que no conocí nosotros somos más que loquero y paciente… y a mi hijo espero cuando a mi me toque partir.

Vigésimo- Primera sesión.

No me mire así. Ni que no hubiese visto un gotero en su vida.

Vamos, no sea melodramático. Al menos ya han descubierto lo que tengo, aunque no sean las mejores noticias del mundo, siempre está bien eso de saber cuál es mi fecha de caducidad. Oye, que no me quejo, podría ser muchísimo peor. ¿Con la edad que yo tengo? No diga bobadas… total un año más, un año menos… Además, ya no queda nadie de mi quinta. ¡Vamos hombre! No sabe lo deprimente que es haber sobrevivido a toda tu generación y que las personas que queden no hubiesen ni nacido cuando era una jovenzuela…

Además, digan lo que digan esos matasanos, lo que yo tengo es vejez, nada más. No me sea engreído, que parece que cuando aprueban el MIR les dan la licencia para ser Dios. Las cosas no son así. Si las personas estuviésemos hechas para vivir eternamente no envejeceríamos y punto. Y por mucho que se engañen con la cirugía, el vótox y demasiado ejercicio la realidad sigue ahí: todos envejecemos y todos vamos a morir.

Se lo toma de la manera incorrecta, al igual que la mayor parte de la gente de este mundo. Las células, al igual que los yogures y las ensaladas de bolsita, tienen su fecha de caducidad. Y, al igual que estas, si las ponemos en la nevera y nos aseguramos que estén libres de gérmenes, probablemente duren algo más que su fecha de caducidad. Pero, igualmente, antes o después llegará el día en que huelan a podrido. Vamos, no me ponga esa cara. Es algo natural. No hay que temerle. Solo asegúrese de haber jugado las cartas que le repartió la vida de la mejor manera posible y disfrute del camino. Al fin y al cabo, no volverá a vivir el mismo día dos veces.

Bueno, yo siempre he dicho que todo lo que me gusta es inmoral, ilegal o engorda… ¡No se ría y piénselo seriamente!

Vamos, vamos, le creía un hombre de mundo…

En fin, que sea como fuere, respecto a las cartas que me ha dado la vida, creo que he hecho todo lo posible por ser feliz y hacer feliz. Claro está que nadie es perfecto y se tienen momentos malos, palos gordos y daños irreparables.

Creo que el que más me duele es la traición.

Dicen que algo que no se perdona es un daño al espíritu. Si le soy sincera, jamás le he visto ni pies ni cabeza a esta expresión.

Bueno, si, supongo que se refiere a eso.

Claro.

Entonces tiene sentido.

Creo que un buen ejemplo sería, el mismo a niveles menos filosóficos, el daño que se ocasiona por la traición. Créame, una traición de alguien en quien confiabas es algo muy doloroso que espero que jamás de los jamases sienta ni padezca… La desesperación te corre por todo el cuerpo y te sientes la persona más idiota e ingenua del mundo…

Esa noche, los niños no habían querido venir a casa y yo me había ido a hablar con ellos sobre sus trabajos y como quería que se dejasen de tonterías e hiciesen algo útil con su vida. Ellos me explicaron que, por desgracia y contra todos sus esfuerzos, muchas personas les habían marcado, estigmatizado, por lo ocurrido con su padre. Nos sentamos esa tarde y noche llamando por teléfono a todas las academias y facultades. Simón quería entrar en el ejército pero no le dejaban presentarse por sus antecedentes, así que estaba trabajando de repartidor de un bar de mala muerte. Pedro quería ser arquitecto, pero las facultades le rechazaban aunque tenía una nota media excelente.

Juzgaban a mis hijos por un fallo del espíritu.

Tras batallar durante horas y horas, conseguimos encontrar una solución. En el calor del mes de Agosto, salí contenta del mugriento apartamento de mis hijos y me dirigí a casa.

Las luces estaban apagadas y solo brillaban las armas de caza colgadas por el pasillo, reflejando la luz de las farolas que iluminaban el cielo de verano.

Fue entonces que lo escuché. Abrí la puerta de golpe y ahí me encontré a mi marido y a Clara, mi mejor amiga desde que puedo recordar, en mi lecho conyugal.

Es lo último que recuerdo.

Lo siguiente que se es que estaba en comisaría. Mi vecina, la pobre mujer, escuchó los disparos y llamó a la policía. Fue en el juicio que me enteré que al ver a los dos traidores cogí el arma cargada que mi marido guardaba en la cómoda y me lié a tiros hasta que murieron. La policía me encontró acostada entre ellos. Abrazada a sus cuerpos sin vida y bañada en su sangre.

Enajenación mental transitoria. Eso dicto el juez. Jamás creí que esas cosas sucediesen de verdad y menos a mí… pero fue el testimonio de mis hijos lo que me salvó de pudrirme en prisión. Aseguraron que estaba bien cuando cené con ellos, les contaron todos los males de mi vida y el nivel de la traición… le hablaron de mi primer marido… de mis padres… de mi amistad con Clara…

Y así, acabé aquí.

Vamos, no se compadezca. Yo no lo hago.

La vida es como una partida de póker, te reparte tus cartas y te las apañas como puedas para ser feliz con ellas. Hay gente que tiene suerte y les reparten todos ases y figuras.  A otros le tocar sietes y ochos y no están mal. A mí me tocaron todos los doses de la baraja. Pero eso no es razón para estar triste, porque e aún así puedes ganar la partida. Puedes ser feliz, puedes dejar la mejor carta para el final. Y si, los grandes acontecimientos de mi vida son todo menos alegres. Pero los ratos buenos tampoco han faltado.

Entre aquí esperando que usted me lo explicara, porque yo no lo entendía, ¿Cómo puedo ser feliz con la mierda de vida que he vivido? Pero me temo que al final va a ser al revés, se lo tengo que explicar yo a usted.

La felicidad, querido doctor, tomasito, mi querido nieto, no es lo que se tiene, ni lo que se quiere, sino apreciar cada minúsculo ápice de lo positivo de cada momento de su vida. Nada es tan terrible como parece, se lo digo yo que he vivido cosas terribles. Más de las normales.

Eso no quiere decir que no se sufra, que no se pase mal y que las lágrimas no tengan sitio en tu corazón. Pero siempre está la esperanza de que las cosas pasan por algo, y que, por muy típico que suene ¡Siempre pueden ser peor!

Recuerde que solo hay una cosa peor que la verdad… tener que vivir con la mentira. ¡Afrontar la vida como viene es lo que da felicidad, porque si te das la vuelta y no coges al toro por los cuernos, al final te enviste por detrás…qué duele mucho más!

No sé si entiendes lo que, muy torpemente, he querido explicarte Tomasito. Ni sé si te volveré a ver. Pero espero que hayas disfrutado con esta loca y sus historias o, al menos, que no hayas sufrido muchas por aprender.

¿Recuerda que le conté, un tiempo atrás, que, hace años, una señora un tanto alocada que se hacía llamar Ginebra (si, si, como la mujer del Rey Arturo… o más bien como su trago favorito…) me dijo que tenía un talento especial? Me dijo algo sobre no se quede que Marte se alineó con Júpiter el día que nací y desde entonces y hasta que los jinetes del apocalipsis viniesen con sus temibles guadañas a cosechar las perdidas almas de la tierra mi nombre sería grande.

Pues no sé si es verdad o mentira y, sinceramente, me da igual. Porque yo he vivido mi vida, como he podido y afrontando las cosas como venían. Intentando ser feliz y hacer feliz a todo el que estaba cerca mía. Y puede, y muy probablemente, que mi nombre no pase a la historia como el de César, Cleopatra o Pilatos. Pero sinceramente, prefiero que no lo haga, porque sus nombres se relacionan con sangre y soledad. Que me recuerden los míos, si me quieren recordar, con cariño y con afecto. Y si no, que se borre en el viento cada aliento que suspiré porque le juró que con las cartas que la vida me ha dado he jugado, perdí y ganaré.

Hasta la semana que viene. Cuídese mucho. Vamos, un abrazo a su abuela de sangre. Eso. Nos vemos pronto. Adios.

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comentarios
  1. Pilu dice:

    ¿Salvada por la campana? Ainss… Cuándo es la próxima consulta?
    jajaja

  2. Mª Belén dice:

    Te imploro, no me dejes de acompañar, esta es la mejor terapia que he conocido nunca, hablar de los temores disfrazados en voz pública!

  3. Mamá dice:

    Muy bueno. Espero que todo sea parte de tu imaginación. Tienes un estilo muy personal

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  4. jajaja te puedo asegurar que todo es parte de la vida de la protagonista, sólo ocurre en mi cabeza y en las páginas del relato ;-)))

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