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La niña del Plato

Una fría noche de otoño, en la que la luna llena inundaba el cielo oscuro, una melodía monótona, que sugería un ritual, marcada por lentos tambores, flautas y cantos litúrgicos, se escuchaba por todo el lugar.
Entre los viejos castaños, se encontraba una inmensa roca iluminada por la tenebrosa luz azul de una hoguera a pocos metros de ella. Un grupo de mujeres vestidas con túnicas de seda de color azafrán danzaban, como en trance, alrededor de la hoguera.
De pronto, se hizo el silencio. Una figura femenina enmascarada, alta y esbelta, surgió de entre las sombras; La rodeaban cuatro concubinas morenas, de ojos azules, que portaban faroles. La dama enmascarada llevaba entre sus brazos un bebé dormido. Se detuvo bruscamente ante la roca y lentamente alzó a la criatura sobre las llamas, susurrando un escalofriante maleficio…

***

La campanilla de la puerta sonó al mismo tiempo que el Sr. Spencerford entraba en una joyería pequeña y anticuada, escondida en una de las esquinas del casco antiguo de Brighton. En la tienda parecía que habían metido las vitrinas con un calzador. Era un lugar claustrofóbico. Además, dentro de cada una había amontonadas cientos de antigüedades relucientes; pendientes, pulseras y trastos de los todos tipos, tamaños y colores.
Una puerta, escondida entre las sombras, chirrió y apareció una señora decrépia vestida con un traje horrible de flores rosas. La anciana llevaba el pelo recogido en un moño marañado y su piel, arrugada y curtida, recordaba a una máscara de carnaval. Su una mirada fría e inexpresiva analizaba al caballero que acababa de entrar.
“¿Puedo ayudarle?”-parecía croar más que hablar.
“Si; estoy buscando un regalo para mi hija.”
“¿Busca algo en concreto, señor? Unos pendientes, un colgante…”
“La verdad es que había pensado comprarle una pulsera o un colgante. Pero tiene que ser de plata; a mi niña no le gustan las cosas de oro.”
“Tengo exactamente lo que anda buscando.”- rebuscó en un cajón y sacó un amuleto pequeño de plata.-“Es plata de la mejor calidad y además está muy de moda entre las jovencitas.”

El Sr. Spencerford lo examinó cuidadosamente.
“Es una pieza interesante. Obviamente se trata de un diseño pre-romano. Curioso, hacia mucho que no veía un diseñeo parecido, el caballito de mar sobre la luna creciente y rodeado por una serpiente, no es muy común; puede que sea cartaginense.”-lo giró sobre la palma de su mano-“Pero no reconozco el idioma de la inscripción.”
“Le puedo garantizar a usted que es una joya de muy buena calidad. Además, tiene un precio muy razonable.”
“Estupendo, me lo llevo.”-se lo devolvió a la joyera-“A mi hija le gustan este tipo de cosas.”
“¿Quiere que se lo envuelva para regalo?”
“Si, por favor.”-sacó su cartera-“Muchas gracias.”
El Sr. Spencerford se fue de la tienda, paquete en mano. La anciana le miró hasta perderlo de vista; mientras que en su rostro se dibujaba una sonrisa cruel y despiadada

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